Educar en tiempos de neofascismos. La pedagogía del miedo y la escuela democrática
Francisco Imbernón
Vivimos un tiempo extraño. Mientras se multiplican los
discursos sobre innovación, digitalización e inteligencia artificial, avanza
silenciosamente otra discusión mucho más profunda, qué tipo de ciudadanía
queremos construir y qué papel debe desempeñar la educación en esa
construcción.
Las nuevas corrientes neoconservadoras y neofascistas han
comprendido perfectamente que la disputa política no se libra únicamente en los
parlamentos o en las redes sociales. También se juega en la escuela, en la
universidad y en los espacios donde las personas aprenden a interpretar el
mundo. Por eso la educación se ha convertido nuevamente en un territorio de
confrontación ideológica y cultural.
No es casualidad que en pactos con gobiernos autonómicos, reaparezcan
discursos que cuestionan la educación inclusiva, desacreditan el pensamiento
crítico, ridiculizan la diversidad cultural o afectiva y reivindican modelos
educativos basados en la autoridad incuestionable, la obediencia y la nostalgia
de una escuela selectiva y jerárquica. Tampoco es casual el ataque permanente a
docentes, universidades, movimientos pedagógicos o propuestas que intentan
abordar la complejidad social desde perspectivas democráticas.
Detrás de muchos de esos discursos aparece una idea
aparentemente sencilla pero profundamente peligrosa como presentar la educación
como adoctrinamiento y la neutralidad como solución. Pero la educación nunca ha
sido neutral. Toda práctica educativa transmite valores, visiones del mundo,
maneras de convivir y de entender la sociedad. Incluso quienes reclaman neutralidad
están defendiendo una determinada concepción social y cultural, aunque
pretendan ocultarla bajo una falsa neutralidad o una supuesta objetividad.
El problema no es que la escuela transmita valores. El
verdadero problema surge cuando se impide cuestionarlos, debatirlos o
analizarlos críticamente. Ahí comienza el adoctrinamiento.
Educar democráticamente no significa imponer una visión
política concreta. Significa enseñar a pensar, a contrastar información, a
convivir con la diferencia y a comprender que las sociedades son complejas.
Significa también fomentar la duda, la reflexión y la capacidad de analizar
críticamente discursos simplificadores que convierten al diferente en enemigo y
al miedo en herramienta política.
Los nuevos autoritarismos entienden perfectamente el valor
de la educación. Por eso desconfían de una escuela que enseñe a preguntar. Una
ciudadanía que reflexiona, dialoga y desarrolla pensamiento crítico resulta
incómoda para quienes necesitan respuestas simples, emociones rápidas y
enemigos permanentes. El pensamiento crítico introduce matices, complejidad y
memoria histórica, justamente aquello que los discursos extremistas intentan
eliminar.
En este contexto, el profesorado ocupa una posición
especialmente delicada. En muchos lugares aumenta la presión para evitar
determinados debates, silenciar conflictos sociales o volver hacia atrás. Se
pretende un profesorado que instruya, pero que no ayude a comprender el mundo,
que transmita información, pero que no genere reflexión. Como si enseñar
pudiera separarse de formar ciudadanos capaces de participar críticamente en la
vida democrática.
Sin embargo, la función más importante de la educación
quizá siga siendo ayudar a comprender y transformar la realidad educativa y
social. La escuela no puede resolver por sí sola las desigualdades, la
intolerancia o la polarización, pero sí puede contribuir a que las nuevas
generaciones aprendan a convivir democráticamente, a rechazar discursos de odio
y a reconocer la dignidad de todas las personas.
La educación democrática no consiste en fabricar individuos
idénticos, sino en construir espacios donde sea posible pensar, disentir y
convivir. Y eso exige aceptar algo fundamental como educar no es domesticar ni
adoctrinar, sino abrir posibilidades de comprensión y emancipación.
Tal vez por eso los nuevos neofascismos desconfían tanto de
la escuela pública, de propuestas pedagógicas alternativas y del profesorado
comprometido. Porque saben que una educación que enseña a pensar siempre será
más difícil de controlar que una educación basada en el miedo, la obediencia y
el silencio.
Defender hoy una educación democrática no es únicamente una
cuestión pedagógica. Es también una forma de defender la democracia misma. Y
quizá convenga asumir que se acercan tiempos difíciles para quienes creen en
una escuela pública, inclusiva y socialmente comprometida. Los avances
democráticos nunca han sido definitivos, y la historia nos recuerda que los
derechos educativos y sociales pueden retroceder cuando crecen la intolerancia,
el miedo y los autoritarismos. Por eso será necesario continuar defendiendo
espacios de pensamiento libre, diálogo y justicia social desde las aulas, las
universidades y los movimientos pedagógicos. La lucha por una educación
democrática no ha terminado, probablemente vuelve a comenzar con más urgencia
que nunca.
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