dijous, 20 d’agost del 2026

 Edgar Morin y la educación: aprender a pensar la complejidad

Por Francisco Imbernón

La muerte de Edgar Morin a los 104 años cierra una de las trayectorias intelectuales más fecundas del último siglo. Su desaparición no supone únicamente la pérdida de un filósofo o de un sociólogo excepcional; significa también la despedida de uno de los pensadores que más profundamente influyó en la reflexión educativa contemporánea. Creador de la teoría del pensamiento complejo y autor de una obra inmensa que desafió las fronteras disciplinarias, Morin dedicó gran parte de su vida a repensar cómo conocemos, cómo enseñamos y cómo aprendemos.

Quienes nos hemos dedicado a la formación del profesorado encontramos en su pensamiento una referencia imprescindible para comprender los límites de una educación fragmentada y excesivamente especializada. Morin nos recordó, una y otra vez, que el conocimiento aislado de sus contextos pierde significado. La escuela y la universidad han organizado tradicionalmente los saberes en compartimentos estancos, como si la realidad pudiera entenderse separando artificialmente sus dimensiones. Sin embargo, los grandes problemas de nuestro tiempo, la crisis ecológica, el avance de la ultraderecha y de los discursos que simplifican la realidad y alimentan la polarización social, el aumento de las desigualdades, las migraciones, los conflictos culturales, las guerras o el impacto de las tecnologías digitales, son fenómenos complejos que exigen miradas interrelacionadas. Morin advirtió reiteradamente sobre los peligros de las visiones reduccionistas, de las respuestas simples a problemas complejos y de los dogmatismos políticos que convierten la incertidumbre en miedo y el miedo en exclusión. Para él, educar significaba precisamente dotar a las personas de herramientas intelectuales y éticas para comprender esa complejidad, analizar críticamente los discursos dominantes y construir una ciudadanía democrática capaz de convivir con la diversidad, el diálogo y la búsqueda colectiva de soluciones.

La principal aportación de Morin a la educación fue precisamente su defensa de una reforma del pensamiento. No se trataba únicamente de modificar programas o metodologías, sino de transformar la manera de conocer. Frente a una racionalidad simplificadora o técnica, propuso un pensamiento capaz de relacionar, contextualizar e integrar la incertidumbre. Esta idea tuvo una enorme repercusión en los debates pedagógicos de las últimas décadas y continúa siendo plenamente vigente.

Recuerdo que muchas de sus reflexiones conectaban con preocupaciones que compartimos quienes trabajamos en la formación docente. La educación no puede limitarse a transmitir información. Su misión consiste en ayudar a interpretar el mundo, comprender las interdependencias humanas y desarrollar una conciencia crítica. Morin insistía en que conocer también implica reconocer el error, la duda y la incertidumbre. En una época obsesionada por las respuestas rápidas y las certezas aparentes, esta lección resulta especialmente valiosa.

Su obra tuvo además una dimensión profundamente humanista. Participante de la Resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial, crítico de los dogmatismos y siempre comprometido con la justicia social, Morin defendió la necesidad de una educación orientada a la comprensión humana. Consideraba que enseñar debía contribuir a formar ciudadanos capaces de comprender al otro, de convivir con la diversidad y de asumir responsabilidades compartidas en un mundo cada vez más interdependiente.

En este sentido, una de sus contribuciones más influyentes fue la reivindicación de una ciudadanía planetaria. Mucho antes de que la globalización o las emergencias climáticas ocuparan el centro de las agendas políticas, Morin advirtió que los desafíos contemporáneos no podían resolverse desde perspectivas exclusivamente nacionales o locales. La educación debía ayudar a comprender que formamos parte de una misma comunidad de destino.

También fue un firme defensor de la transdisciplinariedad. Su pensamiento cuestionó las fronteras rígidas entre disciplinas y promovió el diálogo entre ciencias, humanidades y saberes sociales. Para la educación, esta perspectiva supone un desafío permanente como superar la fragmentación curricular y construir experiencias de aprendizaje más conectadas con la complejidad de la realidad.

Desde mi punto de vista, una de las mayores virtudes de Morin fue su capacidad para vincular reflexión teórica y compromiso vital. No fue un intelectual encerrado en la abstracción académica. Su biografía estuvo marcada por los grandes acontecimientos del siglo XX y por una constante preocupación por los problemas del presente. Esa coherencia entre pensamiento y vida otorgó a sus ideas una fuerza singular.

Hoy, cuando la educación se enfrenta a transformaciones aceleradas, a la irrupción de la inteligencia artificial, a la sobreabundancia informativa y a nuevas formas de incertidumbre social, las preguntas planteadas por Morin adquieren una renovada actualidad. ¿Cómo educar para comprender un mundo complejo? ¿Cómo formar ciudadanos capaces de relacionar conocimientos diversos? ¿Cómo enseñar a convivir con la incertidumbre sin renunciar al pensamiento crítico?

Su legado no ofrece respuestas cerradas, pero sí una manera de mirar el mundo y de entender la educación. Nos invita a abandonar las simplificaciones, a reconocer las conexiones entre fenómenos aparentemente separados y a asumir que educar significa preparar para comprender la complejidad de la condición humana. En tiempos de incertidumbre, polarización y respuestas fáciles a problemas difíciles, Morin nos recuerda que una de las tareas esenciales de la educación sigue siendo formar personas capaces de pensar críticamente, comprender a los otros y actuar con responsabilidad en un mundo compartido. Esa es, probablemente, una de las herencias más valiosas que deja a quienes seguimos creyendo que la educación puede contribuir a construir una sociedad más democrática, más justa y humana.

Con la muerte de Edgar Morin desaparece una de las grandes voces intelectuales de nuestro tiempo. Sin embargo, sus ideas continúan interpelándonos. Quizá esa sea la mejor herencia que puede dejar un pensador: seguir ayudándonos a pensar cuando ya no está. Y en el ámbito educativo, donde tantas veces buscamos soluciones simples para problemas complejos, la obra de Morin seguirá siendo una referencia imprescindible para quienes creemos que enseñar es, ante todo, aprender a comprender el mundo en toda su riqueza y complejidad.

 

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