dijous, 20 d’agost del 2026

 La educación en valores como herramienta fundamental para un futuro mejor


Francisco Imbernón

Las transformaciones sociales y políticas que estamos viviendo actualmente, y las que se avecinan, han generado un profundo proceso de desideologización que afecta a múltiples ámbitos de nuestra sociedad, especialmente a los jóvenes. Una de sus consecuencias más destacadas es el cuestionamiento de todo lo relacionado con el ámbito público, borrando las fronteras entre lo público y lo privado. Este fenómeno representa un riesgo real para la educación y las instituciones educativas, ya que puede conducir a una desconexión del compromiso colectivo y favorecer un modelo basado únicamente en los intereses del mercado.

En este contexto, la educación corre el peligro de convertirse en un espacio regido por la economía, donde los estudiantes son considerados clientes más que ciudadanos. Su valor se mide exclusivamente en términos de consumo y rendimiento cuantitativo. Además, esta dinámica favorece una concepción reduccionista y regresiva del sistema educativo, en la que se entiende la "neutralidad" como un regreso al pasado, obviando que dicha neutralidad no existe ni es deseable.

De hecho, esta apariencia de neutralidad sirve a menudo para favorecer determinadas ideologías que no promueven el cambio social, perpetuando desigualdades y dejando a la mayoría de la población en una situación de desprotección. Frente a esta situación, es fundamental reafirmar la educación como una herramienta de transformación social y como un elemento clave en la construcción del bien común, resistiendo la tentación de reducirla a una mercancía.

En un mundo cada vez más interconectado, donde las redes sociales suelen aceptar las mentiras como verdad y no respetan la diversidad, la educación en valores se convierte en una necesidad imprescindible para construir sociedades más justas, inclusivas y sostenibles. Más allá de la simple transmisión de conocimientos técnicos, las instituciones educativas deben ser espacios donde las personas aprendan a convivir, a respetar las diferencias, a cuidar del planeta y a actuar con responsabilidad social. Valores como la democracia, la solidaridad, la equidad, la perspectiva de género, la educación ambiental y la paz son fundamentales para afrontar los retos actuales y los que nos esperan en el futuro.

La democracia, entendida no solo como sistema político, sino como práctica cotidiana, es uno de los valores que la educación debe fomentar de manera decidida. La educación democrática nos invita a reflexionar sobre la democracia que queremos para nuestra sociedad y a repensar cómo debemos reinventarla cada día. Formar en democracia significa enseñar a participar, a respetar las opiniones ajenas y a resolver conflictos mediante el diálogo. Las escuelas deben convertirse en entornos participativos, donde alumnos, profesores y familias puedan vivir la toma de decisiones colectivas. Esta vivencia refuerza las habilidades críticas y establece los cimientos para una ciudadanía activa y comprometida.

Los valores solidarios también son clave frente a las crecientes desigualdades que atraviesan nuestras sociedades. En un contexto en el que las brechas económicas, sociales y culturales se profundizan, educar en solidaridad implica desarrollar la empatía y el compromiso con las personas más vulnerables. La educación solidaria nos permite crear una nueva conciencia social donde la diversidad del “nosotros” sea una realidad. Proyectos comunitarios, actividades de voluntariado e iniciativas que conecten a los estudiantes con las realidades de su entorno son herramientas prácticas para promover este valor. Así, los estudiantes no solo comprenden el sufrimiento ajeno, sino que también aprenden a transformar esas realidades.

La equidad y la perspectiva de género juegan un papel fundamental en la construcción de una sociedad más justa. En un tiempo en el que persisten las desigualdades de género y otras formas de discriminación, la educación debe ser un espacio para cuestionar estas dinámicas. Visibilizar las contribuciones de las mujeres y los grupos marginados, fomentar relaciones basadas en el respeto mutuo y promover la corresponsabilidad son pasos esenciales para avanzar hacia una cultura de igualdad de oportunidades.

La educación intercultural, que promueve la convivencia en cualquier tipo de diversidad, también es clave. En una sociedad plural, el respeto a la diversidad y el diálogo constructivo entre culturas son fundamentales para garantizar derechos colectivos para todos. Desarrollar una visión pluralista, donde las particularidades y las diferencias sean valoradas, requiere un trabajo educativo profundo.

La educación ambiental es más urgente que nunca. La crisis climática, la pérdida de biodiversidad y el agotamiento de los recursos naturales nos llaman a una educación que promueva el respeto y el cuidado del medio ambiente. La educación ambiental no solo debe transmitir conocimientos, sino también conectar a las personas con la naturaleza y promover prácticas sostenibles. Desde proyectos de reciclaje hasta huertos escolares, es necesario integrar el compromiso ecológico como parte fundamental de la formación integral de los estudiantes. Comprender el impacto de nuestras acciones sobre el planeta es esencial para formar ciudadanos comprometidos con un desarrollo sostenible.

Y, la educación para la paz es un valor indispensable en un mundo marcado por conflictos y violencia. Educar para la paz significa enseñar a resolver los conflictos sin violencia, fomentar el diálogo intercultural y desarrollar la capacidad de empatizar con los demás. La paz no es solo la ausencia de guerra, como pretenden algunos políticos, sino la construcción activa de relaciones basadas en el respeto, la justicia y la cooperación. Las escuelas pueden ser laboratorios de paz, donde los estudiantes aprenden a construir un mundo más seguro y armonioso.

La educación en valores no es un lujo ni un tema secundario, sino un elemento esencial para afrontar los retos que nos esperan. Formar personas en democracia, solidaridad, equidad, género, sostenibilidad y paz no solo transforma a las personas, sino también a las sociedades. Si queremos un futuro más humano, justo y sostenible, debemos apostar por una educación que enseñe no solo a saber, sino también a ser, a convivir y a transformar.

La educación debe ser capaz de proporcionar herramientas para alcanzar una mayor independencia de juicio, deliberación y diálogo constructivo. Debe permitir transformar las relaciones entre las personas según las nuevas sensibilidades —interculturales, medioambientales, solidarias e igualitarias— que están siendo cuestionadas por determinadas ideologías.

La mejora de la sociedad solo será posible cuando todos los que trabajamos por un mundo mejor integremos estos valores en nuestro comportamiento. Como proponía Hannah Arendt (1997)[1], debemos procurar que la educación haga que una pluralidad de personas se convierta en una comunidad de ciudadanos, más que en una masa de individuos obedientes y disciplinados.

 



[1] Arendt, H. (1997), ¿Qué es política? Barcelona. Paidós.

 La educación en el punto de mira: ¿Por qué tantas quejas? ¿Existen alternativas?

En los pasillos de las escuelas, en las conversaciones entre familias y en los debates, un tema se repite constantemente: el estado de la educación. Se dice que los estudiantes están desmotivados, que los docentes están sobrecargados, que los métodos son obsoletos y que la tecnología no está resolviendo los problemas de aprendizaje. ¿Qué está ocurriendo realmente? ¿Se trata de una crisis pasajera o de una falla estructural del sistema? Y lo más importante, ¿hay alternativas viables para transformar la educación?

El descontento con la educación no es un fenómeno reciente. Sin embargo, en los últimos años, diversas tensiones se han hecho más evidentes. El impacto de la pandemia, el avance de la tecnología y los cambios en la sociedad han intensificado las críticas hacia un sistema educativo que parece no responder a las necesidades del siglo XXI.

Por un lado, los docentes enfrentan múltiples desafíos. La sobrecarga de trabajo burocrático, las exigencias curriculares rígidas y la falta de recursos dificultan su labor. Muchos sienten que no tienen suficiente tiempo ni espacio para innovar en el aula, atrapados en estructuras que priorizan los resultados medibles sobre el aprendizaje real.

Los estudiantes, por su parte, manifiestan su frustración ante métodos de enseñanza que no logran captar su interés o que son impuestos sin considerar sus contextos y necesidades reales. En una era donde el acceso a la información es inmediato, un modelo centrado en la memorización resulta cada vez más obsoleto. La desconexión entre lo que se aprende en la institución educativa y las habilidades necesarias para la vida no solo genera desmotivación, sino que también limita su capacidad de desenvolverse en un mundo en constante cambio.

Las familias tampoco escapan en sus comentarios. Entre la preocupación por la lo que se enseña y la presión de un sistema que demanda cada vez más resultados, muchos padres y madres se sienten inseguros sobre el futuro de sus hijos e hijas. La pregunta que surge es inevitable: si la educación es la base del desarrollo, ¿por qué parece estar siempre en crisis?

Y en medio de este panorama de insatisfacción y búsqueda de soluciones, emergen ciertos grupos e ideologías que ven en la crisis educativa una oportunidad para promover discursos que, lejos de contribuir a la transformación, buscan deslegitimar cualquier intento de cambio. A través de la crítica constante y el descrédito, atacan a quienes impulsan innovaciones pedagógicas, calificándolos de ingenuos o ideologizados, mientras defienden modelos tradicionales que, en muchos casos, han demostrado ser ineficaces para las necesidades actuales.

Las redes sociales, convertidas en un espacio de debate público, amplifican estos discursos. Lo que debería ser un intercambio de ideas constructivo se convierte en una arena de polarización, donde las propuestas innovadoras son descalificadas sin un análisis serio y se fomenta la nostalgia por un pasado educativo que, en realidad, nunca fue mejor para todos. Este ambiente hostil desalienta a docentes que intentan aportar mejoras, pues enfrentan no solo los retos propios de la implementación del cambio, sino también la resistencia alimentada por la desinformación, las mentiras y la simplificación intelectual del debate.

En este contexto, resulta fundamental distinguir entre la crítica fundamentada, que busca fortalecer las propuestas, y el ataque sistemático que solo busca mantener el statu quo o ir hacia atrás. Si realmente queremos transformar la educación, es necesario abrir espacios de diálogo genuino, donde las diferencias de opinión sean una oportunidad para construir, en lugar de una excusa para dividir y retroceder. Pero muchos eso no lo aceptan ni lo quieren ni lo entienden.

Uno de los principales problemas de la educación actual es su rigidez. Diseñado en la era industrial, el sistema escolar sigue operando bajo un modelo homogéneo que deja poco margen para la creatividad y la personalización del aprendizaje. La evaluación, centrada en exámenes estandarizados, mide más la capacidad de recordar información que el desarrollo de habilidades esenciales como la resolución de problemas, el pensamiento crítico y la colaboración.

La falta de equidad es uno de los problemas sociales más críticos en la educación. Mientras que algunos estudiantes tienen acceso a instituciones con recursos tecnológicos avanzados y un entorno favorable para su desarrollo, otros deben enfrentar aulas con condiciones precarias, materiales limitados y currículos desactualizados. Esta profunda brecha educativa perpetúa desigualdades sociales y limita las oportunidades de muchos, haciendo que la educación, en lugar de ser un motor de cambio, sea un reflejo de las disparidades que existen en nuestra sociedad.

A esto se suma el impacto de la tecnología, que, si bien ha abierto nuevas posibilidades de aprendizaje, también ha expuesto las debilidades del sistema. La digitalización no garantiza una mejor educación si no se acompaña de cambios en la forma de enseñar y aprender. En muchos casos, las herramientas tecnológicas se han introducido sin una estrategia pedagógica clara, generando más distracción que beneficios reales.

A pesar de este panorama desafiante, existen iniciativas que han demostrado que otra educación es posible. Diversas metodologías y enfoques están transformando la manera en que se concibe el aprendizaje, ofreciendo soluciones concretas a los problemas actuales.

Una de las estrategias más prometedoras es aquella que permite a los estudiantes desarrollar conocimientos y habilidades a través de experiencias significativas y la resolución de situaciones reales. No solo favorece una mayor motivación, sino que también estimula la autonomía, la creatividad y la capacidad de análisis, fortaleciendo así un aprendizaje más profundo y conectado con su entorno.

También es importante la flexibilización del currículo y la personalización del aprendizaje. En lugar de un modelo único para todos, algunas experiencias han apostado por adaptar los contenidos y métodos a las necesidades de cada estudiante, permitiéndoles aprender a su propio ritmo y según sus intereses.

La forma de evaluar el aprendizaje también está cambiando. Cada vez más instituciones buscan alternativas a los métodos tradicionales, incorporando herramientas que permiten valorar de manera más integral el desarrollo de cada estudiante. Estas nuevas prácticas consideran no solo el resultado final, sino también el proceso, fomentando una visión más amplia y equitativa del crecimiento y las capacidades de cada persona.

El papel del profesorado, en este contexto, también está evolucionando. En lugar de ser una figura de autoridad que transmite información, el profesorado también enseña pero acompaña a los estudiantes en su proceso de exploración y descubrimiento. Para ello, es fundamental un sistema de formación permanente que les brinde herramientas y apoyo real en su práctica cotidiana.

Y reconocer la importancia de dar mayor autonomía a las escuelas e institutos, permitiéndoles tomar decisiones en función de su realidad y necesidades. Modelos educativos didácticos y organizativos en los que los centros pueden diseñar sus propios proyectos pedagógicos han demostrado ser más efectivos que los sistemas centralizados y estandarizados.

Es imprescindible transformar la educación. No basta con pequeños ajustes o reformas superficiales, sino de un cambio profundo en la forma en que entendemos y abordamos la enseñanza y el aprendizaje.

Las alternativas existen y han demostrado su eficacia en distintos contextos, pero su implementación a gran escala requiere voluntad política, compromiso de las comunidades educativas y una visión que priorice el desarrollo integral de los estudiantes por encima de los rankings y las métricas de rendimiento.

¿Seguirá la educación siendo un espacio de quejas y frustraciones, o daremos el paso hacia un modelo más acorde con las necesidades del mundo actual? La transformación no dependerá únicamente de decisiones administrativas o institucionales, sino del compromiso de todos aquellos que creen en la educación como un pilar fundamental para el desarrollo social. Construir un sistema educativo más equitativo, dinámico y significativo requiere la participación de docentes, familias, estudiantes y comunidades, dispuestos a repensar las prácticas actuales y a impulsar cambios que realmente marquen la diferencia. El desafío es grande, pero también lo es la oportunidad de crear una educación que responda, con sentido y propósito, a los retos del presente y del futuro.

No permitamos que prevalezca la nostalgia por un modelo de enseñanza que, en muchos casos, solo existió en el ideal de algunas personas. En lugar de mirar hacia atrás, enfoquémonos en construir una educación que realmente responda a las necesidades del presente y del futuro.

 

 Si un día la ultraderecha gobierna la educación

 

Francisco Imbernón y Jaume Martínez Bonafé

 

Imaginar un sistema educativo bajo el mandato de la ultraderecha no requiere un ejercicio extremo de especulación. La historia y la actualidad nos han dado suficientes pistas sobre lo que ocurre cuando gobiernos con estas ideas toman el control de la educación pública. En este contexto, los sistemas educativos se ven sumidos en una transformación radical: una educación restringida, ideologizada y sometida a los intereses del mercado. Sin embargo, lo más alarmante es que, bajo la ultraderecha, la educación deja de ser un derecho fundamental, para convertirse en un privilegio exclusivo de unos pocos. En este modelo, la formación crítica es vista como una amenaza, y la desigualdad se institucionaliza como una norma aceptada, sin cuestionamientos.

Bajo el discurso de la "libertad educativa", que la derecha utiliza con frecuencia, la ultraderecha desata un ataque aún más sistemático a la educación pública. Lo que se presenta como un acto de "libertad" en realidad es un eufemismo utilizado para desmantelar el sistema de enseñanza pública. El objetivo es favorecer la proliferación de modelos educativos privados, donde el acceso a una educación de calidad dependerá directamente de la capacidad económica de las familias. Este tipo de propuestas, desvían fondos públicos hacia instituciones privadas y religiosas, dejando a la educación pública al borde del colapso financiero. En este modelo, los niños y niñas de familias acomodadas podrán asistir a colegios de élite, con una educación diferente y abundante infraestructura, mientras que los sectores más pobres de la población se verán atrapados en escuelas públicas cada vez más precarias, sin recursos ni apoyo por parte de las administraciones.

Pero el ataque a la educación no es solo de carácter económico, sino también profundamente ideológico. En un gobierno ultraderechista, el sistema educativo deja de ser un espacio donde se fomente el pensamiento crítico y se convierte en un campo de batalla cultural. En este escenario, los avances sociales y las luchas por los derechos humanos se ven reducidos o directamente eliminados de los programas educativos. Temas como la diversidad de género, el feminismo y la historia de los movimientos sociales son considerados tabú, y su tratamiento es censurado o distorsionado bajo la excusa de evitar el "adoctrinamiento ideológico". Las leyes contra la "ideología de género" y el "adoctrinamiento izquierdista" eliminan cualquier contenido que desafíe las estructuras de poder tradicionales, privilegiando en su lugar narrativas nacionalistas, conservadoras y dogmáticas. En lugar de cuestionar las injusticias históricas, los currículos escolares se reescriben para exaltar valores como el patriarcado, la moral cristiana conservadora y el "glorioso pasado" de la nación, mientras que se invisibilizan las luchas populares y los avances sociales que han sido fundamentales para la humanidad, como la lucha por los derechos civiles, laborales o de las minorías.

Una de las consecuencias más alarmantes de este ataque ideológico es el resurgimiento del negacionismo científico. Bajo el control de la ultraderecha, temas de vital importancia como el cambio climático pueden ser minimizados o incluso negados dentro de los programas educativos. En este modelo, la ciencia y el conocimiento riguroso se subordinan a los intereses de grandes corporaciones empresariales, dejando de lado la educación ambiental y las políticas públicas que buscan mitigar los daños al planeta. En lugar de formar ciudadanos informados y comprometidos con la justicia social y ecológica, el sistema educativo bajo la ultraderecha busca moldear a consumidores acríticos, dispuestos a ser parte de un sistema económico que no cuestionan, sin importar las consecuencias sociales y ecológicas que ello conlleva.

Además de estos cambios en los contenidos educativos, el ataque al profesorado sería directo y frontal. La ultraderecha ha demostrado, históricamente, una desconfianza profunda hacia los educadores, a quienes querría como aliados de la tradición conservadora y teme como propagandistas del progresismo antiautoritario. En este escenario, se impulsan medidas para precarizar su trabajo, debilitando sus sindicatos y sometiéndolos a un control riguroso por parte del gobierno. El profesorado se vería forzado a ajustarse a los dogmas del régimen, bajo la amenaza de sanciones, despidos o, incluso, represalias legales. Además, se fomentaría la vigilancia en las aulas, alentando denuncias contra aquellos docentes que toquen temas relacionados con derechos humanos, equidad o historia crítica. El "neutralismo político" se convertiría en un mandato obligatorio, pero en la práctica significaría que el profesorado debería callar ante las injusticias sociales, económicas o políticas, promoviendo una visión uniforme y alineada con los intereses del régimen en lugar de una educación plural y crítica.

Esta represión no se limitaría a las escuelas de educación básica, sino que también alcanzaría a las universidades. Las universidades públicas, que han facilitado históricamente espacios de pensamiento crítico y de investigación independiente, serían severamente afectadas por este tipo de gobiernos. Los recortes en la financiación de la ciencia y la cultura serían dramáticos, privilegiando áreas de conocimiento que beneficien directamente al sector privado, mientras que se eliminarían áreas de investigación que fomenten el cuestionamiento o la reflexión crítica. Las humanidades, las ciencias sociales y las artes serían deslegitimadas, y se impondrían nuevas formas de censura sobre el arte, la literatura y la creación intelectual en general.

Un sistema educativo bajo el dominio de la ultraderecha sería profundamente desigual, adoctrinado y al servicio de las élites económicas y políticas. La educación dejaría de ser un derecho de todas y todos y se convertiría en una herramienta de control ideológico y económico. La pedagogía crítica se sustituiría por el miedo, la diversidad por la homogeneidad impuesta y la justicia social por un individualismo feroz y excluyente.

Pero si un día la ultraderecha gobierna la educación, no todo estará perdido. La historia nos ha enseñado que la educación siempre ha sido un campo en el que se cultiva la memoria democrática y se practica la resistencia. En cada aula, en cada profesor o profesora que desafía el silencio impuesto, en cada estudiante que se atreve a cuestionar, en cada contexto sociocomunitario que lucha por la convivencia en igualdad, se abre un pequeño resquicio de esperanza. La defensa de una educación pública, laica, inclusiva y emancipadora no es solo una cuestión pedagógica, sino una lucha política esencial para el futuro de la democracia. Es una lucha que debemos continuar, con perseverancia y determinación, sin descanso ni confianza, sabiendo que solo a través de la educación crítica y emancipadora podemos proteger nuestros derechos y nuestra libertad.

 

 

 

 La Metamorfosis Educativa. Un cambio paradigmático hacia la transformación del Sistema Educativo

Francisco Imbernón

 

La educación ha sido históricamente uno de los pilares sobre los que se ha construido el desarrollo de las sociedades. Sin embargo, en el contexto actual de crisis ecológica, desigualdad creciente y aceleración tecnológica, las propuestas de transformación del sistema educativo han adquirido una urgencia inédita a pesar de negacionistas que están apareciendo en las redes sociales y en algunos artículos y libros, los cuales tienden a perpetuar modelos tradicionales. Entre las voces más lúcidas que proponen una relectura radical del papel de la educación, destaca António Nóvoa, quien ha formulado una teoría poderosa: la "metamorfosis educativa"[1].

Este concepto no se limita a una simple reforma del sistema, sino que propone un cambio de paradigma profundo. Nóvoa plantea que el modelo tradicional de la escuela, centrado en la transmisión unidireccional de conocimientos y en la estandarización de los aprendizajes, ya no responde a las complejidades del presente. Su propuesta implica una transformación de la naturaleza misma de la educación, promoviendo nuevos ambientes educativos que fomenten la investigación, la curiosidad y la motivación, donde los alumnos estudien y aprendan de manera activa y significativa. La educación, sostiene, debe transformarse en un proceso flexible, inclusivo y centrado en el ser humano en su totalidad.

Esta metamorfosis educativa implica repensar las estructuras escolares, los contenidos curriculares y, especialmente, el papel del profesorado y del alumnado en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Se trata de pasar de una educación estática y homogénea a una educación dinámica, inclusiva y centrada en el desarrollo integral de la persona, capaz de preparar a los estudiantes para los retos de un mundo en constante cambio.

Hoy vivimos una tensión constante entre un sistema educativo anclado en estructuras heredadas del pasado y las demandas de una sociedad en mutación. La mayoría de los sistemas aún operan bajo lógicas industriales, organizadas en horarios rígidos, currículos fragmentados y dispositivos de control que poco tienen que ver con los desafíos reales de los estudiantes. La resistencia al cambio es significativa, tanto desde las instituciones como desde parte del profesorado, quienes enfrentan presiones contradictorias: por un lado, el mandato de innovar; por otro, la obligación de responder a métricas estandarizadas y resultados inmediatos.

Todo ello se agudiza en contextos de alta diversidad cultural, pobreza estructural o acceso desigual a la tecnología. En estos escenarios, el modelo tradicional no solo resulta insuficiente, sino que contribuye a reproducir las desigualdades.

Hemos de ser críticos con un sistema educativo que ha dejado de lado el desarrollo integral del ser humano y se ha centrado demasiado en las exigencias de un mercado laboral que cambia rápidamente. Además, la desconexión entre las instituciones educativas y las necesidades de los estudiantes, que cada vez se enfrentan a problemas más complejos, como la globalización, la automatización y los desafíos medioambientales.

La noción de “metamorfosis” va más allá de una simple mejora del sistema. Implica una transformación de su naturaleza profunda, una ruptura con los supuestos que lo sostienen. La educación deja de concebirse como un proceso estático y uniforme, y se asume como un acto dinámico, situado y en constante evolución. Se trata de abandonar la idea de que educar es “llenar recipientes” para abrazar una pedagogía que favorezca la curiosidad, la autonomía, el pensamiento crítico y el compromiso con el entorno.

Uno de los puntos más innovadores de la metamorfosis educativa es la crítica al concepto tradicional de "conocimiento". La educación debe dejar de ser simplemente un medio para la transmisión de información estática, para convertirse en un proceso que permita a los estudiantes aprender a aprender, desarrollando habilidades de pensamiento crítico, creatividad y resolución de problemas. En este sentido, la educación debe estar centrada en el individuo, permitiendo su crecimiento personal y su capacidad de adaptarse a un mundo cambiante.

El profesorado no puede seguir siendo concebido como mero ejecutor de un currículo prescrito. En esta metamorfosis, el profesorado debe situarse como agentes activos de cambio, capaces de inspirar, acompañar, crear y aprender junto a sus estudiantes. La profesionalización docente no puede reducirse a la capacitación técnica: debe incluir dimensiones éticas, emocionales, políticas y culturales. Es fundamental formar docentes que comprendan la complejidad del mundo, que sepan gestionar la diversidad y que estén preparados para enseñar desde la empatía y el compromiso.

Esto implica una nueva cultura profesional que valore la colaboración, la investigación en la práctica y la autonomía pedagógica. Como señalaba hace tiempo Stenhouse[2], un currículo solo puede ser verdaderamente transformador si el profesorado se convierte en investigador de su propia práctica.

Y la profesionalización del profesorado, es un aspecto clave. Los educadores deben ser preparados no solo en términos académicos, sino también en habilidades emocionales, sociales y pedagógicas, ya que su labor va mucho más allá de la simple transmisión de información. Han de estar preparados para gestionar la diversidad en el aula, adaptarse a las necesidades cambiantes de los estudiantes y contribuir al bienestar emocional y psicológico de los mismos.

Más allá de los aspectos pedagógicos, la educación es un espacio de transformación social. La educación debe ser inclusiva, capaz de ofrecer oportunidades a todos los sectores de la sociedad, sin distinción de origen, género o condición socioeconómica. Esto implica una educación que no solo sea accesible, sino también relevante y capaz de formar individuos comprometidos con los grandes desafíos globales, como la desigualdad, el cambio climático y la justicia social.

Esto exige políticas educativas que vayan más allá del cortoplacismo y las métricas de rendimiento. Políticas que reconozcan que educar es un proceso complejo y a largo plazo, que requiere inversión sostenida, formación continua y condiciones laborales dignas para el profesorado. Y que las políticas educativas se orienten hacia una visión a largo plazo, más allá de los resultados inmediatos y las métricas de rendimiento. En lugar de centrarse en la evaluación y la estandarización, en una educación que valore el proceso y el crecimiento personal de los estudiantes.

La metamorfosis educativa no será inmediata ni lineal. Se trata de un proceso con avances y retrocesos, lleno de contradicciones. Pero es un camino necesario. En lugar de adaptar la educación a los moldes de siempre, necesitamos imaginar nuevas formas de enseñar y aprender que estén a la altura de los desafíos de nuestro tiempo.

Está claro que una metamorfosis educativa podría resultar difícil de aplicar en sistemas educativos que carecen de los recursos necesarios para llevar a cabo una transformación tan profunda. En este sentido, la formación inicial y permanente del profesorado y la inversión en infraestructura educativa son cuestiones clave para que la metamorfosis educativa se haga realidad.

La metamorfosis educativa es una llamada de atención sobre la necesidad urgente de transformar el sistema educativo global. La educación debe ser un proceso dinámico, inclusivo y centrado en el ser humano, capaz de preparar a los estudiantes para los retos de un mundo cambiante. Al igual que la metamorfosis de un ser vivo, este proceso de transformación no es inmediato, pero es necesario para asegurar que las futuras generaciones estén equipadas con las herramientas que necesitan para vivir, pensar y contribuir de manera significativa en la sociedad.

Es una visión optimista y renovadora que resuena en la necesidad de un cambio de paradigma en la educación. Sin lugar a duda, la metamorfosis educativa puede servir como guía para repensar cómo educamos a los individuos del futuro, transformando no solo las aulas, sino también las sociedades en las que vivimos.

 

 

 



[1] Nóvoa, A. (2019).  Tres tesis para una tercera visión. Repensando la formación docente. Profesorado. Revista de Currículum y Formación de Profesorado, 23(3), 211-222. DOI:10.30827/profesorado.v23i3.10280.

Nóvoa, A.  con la colaboración de   Alvim, Y. (2022). Escolas e Professores Proteger, Transformar, Valorizar. Salvador, Bahia.

[2] Stenhouse, L. (1991). La investigación como base de la enseñanza: Ensayos sobre la enseñanza y el currículo. Morata.

 La escuela de la obediencia, el silencio y la reproducción

 

Francisco Imbernón

 

Seguramente la memoria de mi infancia escolar no difiere demasiado de los otros artículos que han ido apareciendo sobre la etapa de la dictadura en este diario. Pero si pienso en ella, evoca en mí una atmósfera densa, cargada de silencios, marcada por la férrea disciplina de un nacionalcatolicismo omnipresente y una pedagogía anclada en la repetición mecánica y memorística. Aquella escuela, aunque fue la mía y también tengo muchos recuerdos agradables, lejos de cultivar espíritus críticos, se erigía como un molde para la obediencia ciega a las normas establecidas, una adhesión incondicional a una fe impuesta desde el púlpito y el catecismo y el fervor por una patria concebida bajo parámetros estrechos, uniformes y excluyentes para quienes no encajaban en su rígido academicismo.

Cuántos compañeros se quedaron fuera por el camino o fueron expulsados al acabar los cursos ya que el sistema educativo no estaba diseñado para retener y apoyar a todos los alumnos por igual. Y los veíamos desaparecer en el siguiente curso.

Todo ello debemos recordarlo, especialmente frente a quienes hoy pretenden volver a un pasado educativo que, bajo una apariencia de orden y disciplina, escondía profundas desigualdades, silencios impuestos y exclusiones normalizadas. No se trata de negar que muchas personas vivieran experiencias valiosas en aquellos tiempos ya sea por sus características personales o socioeconómicas, pero sí de no olvidar lo que ese modelo dejaba fuera: a los que no encajaban, a los que necesitaban otros ritmos o más apoyo. Idealizar ese pasado es desconocer el sufrimiento de tantos que quedaron al margen. Por eso, más que mirar atrás con nostalgia, deberíamos hacerlo con sentido crítico, aprendiendo de la historia para construir una educación verdaderamente justa, inclusiva y democrática.

Pero volviendo al tema, la jornada escolar, en los primeros años de primaria, se teñían de rezos y del unísono saludo al sol. Un aura de autoridad incuestionable emanaba del maestro (en mi caso todos hombres), cuyo papel se revestía de una solemnidad casi sacra. El castigo físico que, padecí durante mucho tiempo, se percibía como un componente natural de la disciplina. La pluralidad a las diferencias regionales, lingüísticas o culturales no solo era ignorada, sino activamente reprimida. La educación se erigía como un eficaz instrumento de uniformización y adoctrinamiento ideológico. Aunque mis recuerdos se difuminan en ese punto, percibo cómo el canto al "Cara al sol" fue paulatinamente silenciado en los pasillos de mi escuela. Y el constante rezo con el tiempo fue disminuyendo.

El currículo escolar se hallaba profundamente impregnado de una doctrina oficial con el apoyo de los libros de texto. La historia se presentaba como un relato sesgado, cuidadosamente construido al servicio del régimen imperante. La religión católica permeaba cada rincón del conocimiento, actuando como un filtro interpretativo de la realidad. Y la lengua castellana se erigía como el único vehículo de comunicación legítimo, incluso en territorios donde otras lenguas luchaban en silencio y en familia con fuerza propia.

No se nos invitaba a reflexionar, sino a reiterar y repetir. No se nos alentaba a explorar, sino a memorizar. La creatividad o las preguntas no eran vistas como signo de interés o inteligencia y se respondía con miradas severas o advertencias sutiles, lo que hacía que, con el tiempo,  no se preguntara. También se ha de reconocer que el papel de la familia se alineaba con este modelo, promoviendo un respeto acrítico hacia la autoridad docente, una colaboración sin reservas con las normas impuestas y un escaso o nulo cuestionamiento del sistema educativo. Ya fuera por convencimiento, precaución o miedo.

Sin embargo, incluso en la opresión, brotaban fisuras inesperadas. A veces, tomaban la forma de un maestro que se atrevía a deslizar algún un comentario sutil o una actitud diferente. Yo fui, como tantos otros, un niño inquieto y algo travieso, y esa curiosidad y pequeña rebeldía se convirtió en una forma silenciosa de resistencia, pero también, lo acepto, de acatamiento por temor a que fuera excluido de mi beca escolar. Aunque si analizo ese pasado, quiero suponer que la casualidad me ha llevado a trabajar durante muchos años en la educación, aunque desde una perspectiva diametralmente opuesta a la que se me ofreció en mis años escolares. Resulta curioso que muchos que padecimos ese nefasto periodo nos hemos dedicado a la educación.

La escuela franquista se erigió como un pilar fundamental para la consolidación del control ideológico del régimen. La pedagogía dominante no le importaba la nuestra vida y, menos, la libertad o la igualdad. Su objetivo primordial era inculcar la obediencia, el silencio y la reproducción de un orden social intrínsecamente jerárquico y patriarcal. Este modelo educativo dejó una huella imborrable en generaciones de alumnos (y de las alumnas del colegio de al lado) y también un rechazo a muchas cosas educativas y religiosas, Pero aún hoy percibimos algunas de sus inercias persistentes: el autoritarismo larvado en las aulas y en algunos colegas, defendiendo una enseñanza que prioriza el contenido sobre el desarrollo de competencias humanas esenciales.

Aunque he de reconocer que mi infancia escolar, anterior a 1975, constituyó una experiencia profundamente formativa, paradójicamente, no tanto por lo que se me transmitió, que también, sino por lo que se me negó. Y no niego que aprendí mucho, aunque fuera memorísticamente. Y con el tiempo, me impulsó a interrogarme sobre la naturaleza de una educación verdaderamente humana, democrática y emancipadora. Y es precisamente desde ese cuestionamiento donde sigo reflexionando sobre la escuela en el presente.

La desaparición de Franco en 1975 marcó el inicio de una transición política trascendental, cuyo eco resonó también en el ámbito educativo. Durante las décadas de los sesenta y setenta, la educación en España se caracterizó por una marcada centralización, un autoritarismo palpable y una metodología de enseñanza basada en la memorización. Sin embargo, en mi experiencia posterior como maestro de primaria, fui testigo de cómo, gradualmente, se abrían resquicios para una educación más democrática, participativa y orientada al desarrollo del pensamiento crítico.

A pesar de estos avances incipientes, el sistema educativo postfranquista aún conservaba muchas de las estructuras y prácticas arraigadas en el pasado. La concentración del poder educativo en Madrid, la limitada autonomía de los centros escolares y la insuficiente formación permanente del profesorado representaban desafíos persistentes. La introducción de reformas como la LOGSE en la década de los noventa buscaba modernizar el sistema, pero su implementación a menudo carecía de una adecuada preparación del profesorado y de una consideración profunda de las realidades locales. Pero originó un inicio de un cambio necesario.

La educación postfranquista, ya en mi etapa como maestro,  se erigió como un escenario de contrastes: la persistencia de inercias autoritarias convivía con el surgimiento de nuevas corrientes y movimientos pedagógicos que reclamaban más libertad, participación y justicia educativa. En medio de esa transición, pude aumentar una mirada crítica y un compromiso firme con una educación transformadora, inclusiva y profundamente democrática. Y en ese camino, seguimos muchos.

 

 El professorat comunitari: cap a una nova cultura docent i de compromís social

 

Francesc  Imbernon

 

L'educació contemporània s'enfronta a la paradoxa d'operar amb una estructura escolar concebuda en el segle XVIII i assentada en el XIX, transformada superficialment pels moviments pedagògics del segle XX, però amb l'àrdua tasca d'educar a la infància i joventut del segle XXI. Aquesta distància entre el disseny institucional i les necessitats dels estudiants ha generat una profunda reflexió sobre el model tradicional, impulsant la cerca d'alternatives que incorporin a la comunitat i a l'entorn com a pilars fonamentals del procés d'aprenentatge.

En l'actualitat, el context social, econòmic i familiar en el qual viuen molts nens, nenes i adolescents exerceix una influència determinant en les seves trajectòries educatives. Lluny de ser un simple escenari, aquest context s'imbrica de manera intrínseca en les seves experiències d'aprenentatge, la seva capacitat de permanència en el sistema educatiu i, en última instància, en la consecució de l'èxit acadèmic i personal. En un nombre considerable de situacions, les condicions marcades per la vulnerabilitat, socioeconòmica, les profundes desigualtats en l'accés a recursos i oportunitats o l'absència d'acompanyament familiar i comunitari es converteixen en factors de risc. Aquests elements poden soscavar significativament la seva motivació, dificultar l'adquisició de coneixements i habilitats fonamentals, i, en els casos més preocupants, propiciar el retard acadèmic, l'abandó prematur dels estudis i l'exclusió del sistema educatiu, perpetuant així major desavantatge social.

El magisteri convencional, ancorat en rutines i enfocaments individualistes, està cedint terreny a una perspectiva més holística i inclusiva: el magisteri comunitari. Aquesta nova concepció de l'ensenyament transcendeix els murs de l'escola, integrant al docent en l'entramat social on exerceix la seva labor. Es promou així una col·laboració activa entre diversos agents locals –famílies, associacions, entitats públiques, voluntaris– amb l'objectiu d'enriquir l'experiència educativa i conrear un sentit col·lectiu de responsabilitat cap a l'aprenentatge.

La urgència d'aquesta transformació es fa patent en observar la dinàmica de la societat actual, marcada per desafiaments complexos que exigeixen una nova mirada cap a l'educació. L'escola actual requereix la implicació de totes les instàncies de socialització per a assegurar una educació democràtica i de qualitat per a cada nen i adolescent. En aquest escenari, el professorat comunitari emergeix com un actor clau, caracteritzat per una comprensió profunda de la cultura, la història, les necessitats i els recursos del seu entorn.

Aquest professorat estableix llaços estrets amb famílies, líders comunitaris i organitzacions locals, fomentant un clima d'aprenentatge basat en la cooperació i el diàleg constant. En aquest procés, l'escola deixa de ser una entitat aïllada per a convertir-se en un node dinàmic d'interaccions, on la comunitat i el context exerceixen un paper actiu i significatiu en la formació dels estudiants.

D'aquesta manera, l'escola es transforma en un veritable motor de canvi social, capaç d'enfortir l'autoestima i el potencial d'aprenentatge dels seus alumnes. A més, valora intrínsecament la diversitat cultural, lingüística i socioeconòmica present en el seu context, adaptant els seus mètodes i materials pedagògics a les necessitats específiques de cada estudiant. El professorat comunitari impulsa així un ambient inclusiu on la solidaritat, la participació i el compromís col·lectiu s'erigeixen com a valors fonamentals.

En aquest marc, la labor del professorat comunitari adquireix una rellevància singular. El seu compromís s'estén més enllà de les aules, involucrant-se en projectes que beneficien directament a la comunitat i promouen el desenvolupament integral dels estudiants. Aquest professorat respecta i celebra la riquesa cultural del seu context, integrant diverses perspectives i experiències en la seva pràctica docent per a construir un ambient educatiu inclusiu i enriquidor per a tots.

El professorat comunitari és, per consegüent, molt més que un mer instructor: és un agent actiu i transformador dins del context, advocant per una educació de qualitat i el benestar integral dels seus estudiants i a la millora de les condicions de vida de la comunitat. Participa en iniciatives locals que impacten positivament en el seu context, impulsa un aprenentatge significatiu i desenvolupa estratègies pedagògiques innovadores que responen als desafiaments específics del context. A més, estableix vincles i col·labora estretament amb les famílies i institucions del territori, co-creant projectes educatius que articulin l'escolar amb el social.

Mitjançant propostes lúdiques, educatives, expressives i inclusives, el professorat comunitari acompanya de manera pròxima els processos d'aprenentatge de l'alumnat, oferint-los suport per a afrontar i superar obstacles tant emocionals com acadèmics. Aquest acompanyament personalitzat es construeix a partir d'acords compartits i una coordinació constant amb l'equip docent, la qual cosa garanteix una atenció coherent i sostinguda que afavoreix el desenvolupament integral i l'avanç en la seva trajectòria educativa.

El professorat comunitari impulsa activament la participació de les famílies i institucions en el procés educatiu, convidant-les a compartir sabers, experiències i maneres de fer pròpies del territori. Aquest intercanvi bidireccional enriqueix tant l'aprenentatge de l'alumnat com la vida comunitària, enfortint els vincles entre l'escola i la societat en el seu conjunt. En integrar a les famílies i el context en el procés educatiu, es crea un ambient educatiu més complet, coherent i connectat amb la realitat, on el rendiment acadèmic millora i l'aprenentatge es converteix en una experiència col·lectiva, compartida i socialment valorada.

Amb una sensibilitat especial cap a les trajectòries escolars complexes, que sovint impliquen desafiaments d'integració tant a l'aula com en la llar, el professorat comunitari actua com un acompanyant pròxim, empàtic i compromès. Ofereix un suport individualitzat i adaptat a les necessitats particulars de cada estudiant, dins d'un marc de col·laboració estreta entre l'escola i la família.

Aquest paper comunitari representa una alternativa transformadora al model educatiu tradicional, en reconèixer que l'educació no es limita a l'espai escolar, sinó que constitueix una tasca col·lectiva que involucra a tota la comunitat. Des d'aquesta perspectiva, es construeixen entorns educatius inclusius i personalitzats, on els estudiants no sols adquireixen coneixements i desenvolupen habilitats, sinó que també enforteixen valors que els permeten participar de manera activa i equitativa en la vida social. Aquest enfocament no sols educa, també transforma realitats i contribueix a teixir comunitats més cohesionades i justes.

Tot això ha d'integrar-se de manera coherent i articulada en la formació inicial i permanent del professorat, assegurant la continuïtat entre la construcció de bases sòlides professionals i el desenvolupament al llarg de la vida docent. D'aquesta manera, s'enforteix no sols les seves competències pedagògiques, sinó també la seva capacitat crítica, el seu compromís amb l'equitat i el seu paper actiu com a agents transformadors dins de les seves comunitats educatives i socials.

La formació ha de preparar als docents per a reconèixer i valorar la diversitat cultural i social present en els seus contextos, així com per a promoure la participació de famílies, estudiants i altres actors locals en els processos educatius.

És fonamental promoure pràctiques pedagògiques contextualitzades i crítiques, que vinculin la formació del professorat amb les realitats i desafiaments específics de la comunitat, estimulant tant el pensament crític com l'acció col·lectiva. La formació docent ha d'entendre's un procés integral que impulsa l'apoderament i el desenvolupament comunitari, posicionant l'educació com una eina essencial per a la justícia social i la construcció de societats més inclusives, democràtiques i solidàries.

 El sistema educativo: avances, tensiones y desafíos pendientes

Francisco Imbernón

 

El sistema educativo español vive desde hace tiempo en una situación de tensión constante. Es innegable que en las últimas décadas se han conseguido avances significativos: la escolarización es prácticamente universal, se han impulsado políticas inclusivas que permiten la integración de alumnado con necesidades diversas y se ha ampliado el acceso a los estudios superiores. Sin embargo, persisten problemas que lastran su desarrollo, como el abandono escolar prematuro, la elevada sobre cualificación laboral, el estancamiento en las pruebas PISA, el alto porcentaje de jóvenes que ni estudian ni trabajan y la falta de estudiantes en los niveles más altos de rendimiento. En definitiva, se trata de un sistema con carencias estructurales y una rigidez excesiva que dificultan su capacidad de adaptación a los retos del siglo XXI.

Uno de los principales problemas es la falta de continuidad en las políticas educativas. Cada cambio de gobierno suele venir acompañado de una nueva reforma legislativa más ideológica que pedagógica, lo que genera inestabilidad y desconcierto en el profesorado y en las familias. Esta sucesión de reformas impide consolidar proyectos a largo plazo y obstaculiza la confianza de la comunidad educativa en un horizonte común. A ello se suma la presión que soportan los docentes: contamos con un profesorado comprometido y capaz de sostener la escuela incluso en momentos críticos, como ocurrió durante la pandemia, pero que sufre sobrecarga burocrática, falta de reconocimiento profesional y escaso apoyo para afrontar los desafíos de la diversidad creciente y los cambios sociales. Esta situación complica la identificación temprana de quienes no alcanzan los niveles mínimos de aprendizaje y pone de relieve la necesidad de reforzar la formación permanente y los recursos de acompañamiento.

El sistema sigue anclado, además, en una cultura escolar demasiado centrada en los contenidos y en la evaluación, en lugar de situar en el centro el desarrollo integral del alumnado, la creatividad, el pensamiento crítico y la capacidad de aprender a lo largo de la vida. Necesitamos una escuela que forme ciudadanos capaces de comprender el mundo y transformarlo, no únicamente de adaptarse pasivamente a él. Para lograrlo, se requiere una mirada de Estado que trascienda los ciclos políticos, que proporcione estabilidad, recursos y confianza al profesorado, y que coloque el aprendizaje real de los niños y niñas en el centro de todas las decisiones.

En este contexto, los informes internacionales como PISA ofrecen datos relevantes para situar nuestro rendimiento en un marco global, pero no deben convertirse en un dogma ni en la única medida de calidad. Estos estudios se centran en competencias muy específicas, lectura, matemáticas y ciencias, dejando de lado otras dimensiones fundamentales como la creatividad, la formación ciudadana crítica, la cooperación o las competencias socioemocionales. Además, existen factores estructurales que explican parte de los resultados: las desigualdades sociales que atraviesan la escuela, la insuficiencia de recursos en determinadas etapas, la falta de reconocimiento a la labor docente y la persistencia de metodologías tradicionales centradas en la transmisión. Por ello, más que obsesionarnos con los rankings, deberíamos preguntarnos qué tipo de personas y qué tipo de sociedad queremos formar.

También es importante matizar percepciones extendidas en el debate social. Muchos padres creen que antes los temarios eran más complejos y exigentes, pero esa visión responde más a la nostalgia que a la realidad. En el pasado predominaba la memorización enciclopédica, que podía transmitir la sensación de dificultad, aunque no garantizaba comprensión ni aplicación práctica. Hoy los contenidos siguen siendo esenciales, pero se trabajan de otra manera: se busca aplicarlos a contextos reales, fomentar el pensamiento crítico y la capacidad de aprender a lo largo de la vida. Esto no implica una bajada de nivel, sino un cambio de perspectiva: pasamos de una escuela que valoraba la memoria mecánica a una escuela que intenta valorar la comprensión y la transferencia del conocimiento.

En debates actuales, como el uso del móvil en las aulas, conviene evitar posiciones simplistas. El problema no es tanto “móviles sí o no”, sino cómo y para qué se usan. Una prohibición absoluta puede dar sensación de control, pero genera desigualdades, desplaza el problema fuera de la escuela y priva de una oportunidad pedagógica valiosa. En lugar de prohibir, se trata de enseñar a utilizarlos con criterio, responsabilidad y fines educativos, regulando su uso desde una perspectiva pedagógica y no meramente disciplinaria.

La aparición de programas innovadores, como algunos en matemáticas, abre otras discusiones. La innovación no debe ser un fin en sí mismo, ni una moda ligada a la lógica del mercado editorial. Puede ser útil si ayuda a comprender mejor y a implicar al alumnado, pero lo decisivo no es la herramienta, sino la concepción de aprendizaje que la sustenta. Ningún recurso sustituye al papel fundamental del profesorado, que debe tener autonomía y criterio para adaptar métodos a su contexto y a las necesidades de su alumnado. La innovación real no está en programas cerrados, sino en una escuela que se repiensa y en docentes con formación, tiempo y confianza para hacerlo.

En el fondo, el sistema educativo refleja las tensiones de la sociedad en la que está inserto: desigualdades, valores, expectativas y transformaciones tecnológicas se cuelan en las aulas. Pero al mismo tiempo, lo que ocurre en la escuela proyecta la sociedad futura. Si se limita a reproducir lo existente, los alumnos serán un mero reflejo pasivo; si se configura como un espacio crítico, inclusivo y creativo, contribuirá a formar ciudadanos capaces de transformar la realidad. Por eso la educación no es solo transmisión de conocimientos, sino un proyecto colectivo y político.

 

De cara al futuro, más que grandes reformas legislativas, lo que necesita la educación es estabilidad, continuidad y una visión compartida que trascienda los cambios de gobierno. Urge reforzar la formación inicial y permanente del profesorado, reducir las desigualdades sociales que condicionan la escuela, apostar por metodologías activas y colaborativas, incrementar la inversión, especialmente en la escuela pública y en las etapas tempranas, y dignificar la profesión docente. El profesorado es la columna vertebral del sistema: sin docentes motivados, reconocidos y apoyados, no habrá transformación posible. Más que seguir acumulando reformas, lo que necesitamos es un pacto social y político duradero que coloque la equidad, la calidad y el compromiso con el profesorado en el centro de un verdadero proyecto educativo de país.