Pueblo gitano y educación: una deuda histórica y un desafío presente
Fernando Macías-Aranda, profesor de la
Universidad de Barcelonba y Secretario de la Red Gitana Universitaria
CampusRom.y Francisco Imbernón de la Universidad de Barcelona.
El pasado 8 de abril se conmemoró el Día
Internacional del Pueblo Gitano, una fecha que no solo invita a la celebración
de la cultura, la historia y la identidad del pueblo gitano, sino que también
nos interpela como sociedad sobre las desigualdades persistentes que siguen
marcando su realidad. Entre ellas, la educación ocupa un lugar central.
Hablar de la educación del pueblo gitano no puede
hacerse desde la neutralidad aparente de los datos ni desde discursos
simplistas que atribuyen las dificultades a factores individuales o culturales.
Es imprescindible situar el análisis en una perspectiva histórica y
estructural. El pueblo gitano ha sido, durante siglos, objeto de persecución,
exclusión y políticas asimilacionistas que han negado su identidad y han
limitado sus oportunidades de desarrollo. Esta historia no es un telón de fondo
lejano, sigue teniendo efectos concretos en el presente. De hecho, el
antigitanismo sigue siendo en la actualidad el principal obstáculo al que se esta
comunidad para mejorar su situación social y educativa.
La escuela, que debería ser un espacio de equidad
y reconocimiento, sigue reproduciendo en demasiadas ocasiones las lógicas de
exclusión. Durante décadas, el alumnado gitano ha sido segregado, de forma
explícita o encubierta, etiquetado desde el déficit y situado en itinerarios de
baja expectativa. No se trata solo de acceso, sino de permanencia, éxito y,
sobre todo, de sentido. ¿Qué significa para un niño o una niña gitana habitar
una escuela que no reconoce su cultura, su lengua, sus referentes ni sus formas
de relación?
El problema no es la “falta de adaptación” del
alumnado gitano a la escuela, sino la escasa capacidad del sistema educativo
para transformarse y acoger la diversidad como un valor. Persisten prácticas
pedagógicas homogeneizadoras, currículos cerrados y una formación docente
insuficiente para trabajar desde una perspectiva intercultural crítica y
antirracista. La diferencia se convierte así en desigualdad.
Sin embargo, también sería injusto no reconocer
los avances. En las últimas décadas, se ha producido una mejora significativa
en la escolarización del alumnado gitano, especialmente en las etapas
obligatorias. Existen experiencias educativas valiosas que demuestran que otra
escuela es posible, centros que trabajan con la comunidad, que generan vínculos
de confianza, que incorporan referentes gitanos y gitanas y que apuestan por
metodologías que de verdad son inclusivas y participativas.
Estas experiencias nos enseñan algo fundamental,
cuando la escuela se abre, escucha, dialoga y reconoce, el aprendizaje florece.
Cuando se construyen puentes con las familias y se superan los prejuicios,
emergen trayectorias educativas exitosas que rompen con los estereotipos.
El reto, por tanto, no es menor. No basta con “incluir”
al alumnado gitano en un sistema que permanece inalterado. Es necesario
repensar la escuela desde sus cimientos, revisar el currículo, transformar las
prácticas docentes, cuestionar las expectativas y, sobre todo, combatir el
antigitanismo que aún persiste, a veces de forma sutil, en las instituciones
educativas.
La educación tiene un papel clave en la
construcción de una sociedad más justa, pero solo podrá desempeñarlo si se
reconoce a sí misma como parte del problema y como parte de la solución. Esto
implica asumir una responsabilidad ética y política, o sea garantizar no solo
el acceso, sino el derecho a una educación digna, relevante y culturalmente
respetuosa y relevante para el pueblo gitano.
El Día Internacional del Pueblo Gitano no debería
ser solo una efeméride simbólica. Debería ser un punto de inflexión que nos
obligue a mirar de frente una realidad incómoda y a actuar en consecuencia.
Porque hablar de educación y pueblo gitano es, en el fondo, hablar del tipo de
sociedad que queremos ser y tener.
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