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dilluns, 28 d’octubre de 2013



La defensa de la educación pública
 
En estos últimos años, y seguirá siendo así en un futuro próximo, los cambios han sido tan rápidos y tan abruptos que, no únicamente han desorientado a muchas personas, entre ellos los educadores, e incluso les han generado un cierto desamparo, sino que han provocado una brecha desconcertante entre aquello que es objeto de la educación pública y lo que realmente debería ser objeto de esa educación. El hecho es que esos cambios han generado la aparición de nuevos entornos sociales y educacionales y, añádase, unas políticas educativas neoliberales o lo que se ha venido a llamar la modernización conservadora que más bien se imponen, sin aceptar negociaciones, y han provocado que muchos educadores se hayan replegado a sus tradiciones, a su orden seguro, estableciendo barreras impermeables a la nueva situación, o exigiendo volver al hábitat cultural donde tan a gusto se encontraban. Y eso puede ir hundiendo poco a poco la escuela pública.
De ahí que sea comprensible y necesario, una construcción de barreras de reivindicaciones educativas sobre lo público, sin construir trincheras muy profundas, ya que nos jugamos un futuro democrático y participativo de hombres y mujeres libres, y que en lugar de replegarnos en las viejas ideas y concepciones del pasado hemos de luchar con nosotros mismos y con los otros para comprender, interpretar y construir, desde nuestro puesto, una educación pública diferente. Para ello hay que buscar nuevos referentes que nos permitan una nueva organización y una nueva metodología de trabajo en la educación pública ya que la que ha estado en funcionamiento durante tantos años, aunque  fuera útil en una época, hoy día resulta un poco obsoleta. Sin esos referentes es imposible apuntalar alternativas y es fácil, ante el desánimo, volver a referentes conocidos (o sea a la rutina y a la degradación). Una nueva visión de la educación pública es necesaria para ir construyendo una nueva educación.

Las vicisitudes sociales y políticas del siglo pasado, el siglo XX, repercutieron en una gran desideologización. Entre otras, una de sus consecuencias es el cuestionamiento de todo lo relacionado con lo público (apoyado por ciertas ideologías imperantes), desdibujando la frontera con lo privado que aparecía tan nítida en la modernidad nacida como decía anteriormente de la revolución francesa. Hoy día, para demasiadas personas, se ha difuminado la identificación con una determinada ideología y eso es muy peligroso. El referente ya no es el partido o el sindicato, y la realidad social refleja una mayor complejidad inabarcable con la mera adscripción a una determinada ideología de partido. Este hecho comporta un gran peligro para la educación y la institución educativa: caer en la falta de compromiso y acabar asumiendo las contradicciones que existen entre el mundo real y el enseñado como algo inevitable. En un determinismo que el mundo funciona así. Paolo Freire (1993) decía: La afirmación que las cosas no pueden ser de otro modo es odiosamente fatalista pues decreta que la felicidad pertenece solamente al que tiene poder. Y tenía toda la razón. Y todavía más, también la educación pública  puede formar parte de un escenario educativo donde predomine la lógica del mercado, con sus intereses economicistas (cliente y no ciudadano), y de rendimiento cuantitativo (vales según consumes); y donde se recupere, con cierta normalidad, la vieja concepción de la neutralidad del aparato educativo, sabiendo como sabemos que no existe ni es posible tal neutralidad en el campo educativo. Una supuesta neutralidad que además tiende a beneficiar a unas determinadas ideologías no comprometidas con el cambio social en detrimento de la mayoría de la población y que es un argumento para que las clases dirigentes o pudientes puedan escoger escuela mientras los que no puedan se limiten a lo público. Lo podemos ver actualmente en las declaraciones de representantes políticos conservadores.

Por contra, enfrentándose a esa realidad, van surgiendo nuevos intereses, nuevos actores sociales y formas distintas de analizar los contextos sociales que se concretan a través de movimientos, grupos, encuentros, comunidades, ONG, que empiezan a perfilar un nuevo discurso democrático donde la educación pública tiene de nuevo una gran implicación, vuelve a ser un instrumento para extender y profundizar ese discurso democrático. Es una nueva ideología que busca ser escuchada, que quiere participar, que sabe crear redes y saltar por encima de las fronteras. La educación pública se inscribe en ella sin abandonar ciertos principios ideológicos de la tradición de lucha por una democracia real, y también por una institución educativa integradora, no segregadora y laica.

Por otra parte, tampoco partimos de cero. Disponemos de muchas experiencias educativas, y desde hace tiempo, experiencias que van mostrando que la construcción de una nueva educación pública se realiza partiendo de lo que se tiene y proyectando la reflexión, las ideas y las acciones hacia el futuro.

El reto de la educación pública y es cómo establecer procesos de revisión y de cambio en el interior de las instituciones educativas, de su cultura organizacional, de su metodología, para que proporcionen a los ciudadanos y ciudadanas  las capacidades que les permitan comprender e interpretar la realidad, realizar una lectura crítica de los acontecimientos y del entorno comunitario. La educación pública debe ser capaz de proporcionar elementos para alcanzar una mayor independencia de juicio, de deliberación y de diálogo constructivo. Debe ser capaz de ayudar a transformar las relaciones de las personas con las nuevas sensibilidades (intercultural, medioambiental, solidaria, igualitaria…) que van impregnando la sociedad actual y ayudar a no ser vulnerables al entorno político, económico y social. Y la educación puede ayudar a conseguir ese objetivo de forma substancial.

En esa educación pública se engloban todos los elementos curriculares de la educación de valores y los contenidos curriculares rigurosos  que promueven unas estructuras cognitivas, emocionales y éticas de la educación, al margen de misticismos caducos o patriotismos trasnochados. Lo que históricamente se ha dado en llamar el desarrollo de una educación integral y que aunque hoy día no esté de moda es un calificativo a reivindicar. Es posible que en el futuro las áreas curriculares tradicionales puedan ser asumidas por otros medios paralelos a la institución educativa y que a ésta le quede, como valor específico, enseñar las nuevas ciudadanías y la democracia, ya que será muy difícil que puedan enseñarse y aprenderse en otros foros y menos por Internet (hasta ahora). Es un desafío muy importante para la educación  pública del futuro, y para el futuro de la educación, que se depositará en manos de los educadores que han de asumir esa conciencia de lo público y de qué representa trabajar para ello.
La educación pública  ha de pretender  desarrollar  a aprender a vivir juntos para la construcción de una verdadera democracia. Ser ciudadano o ciudadana es un proceso que se puede generar a través de la educación y la cultura y, por tanto, a ser ciudadano o ciudadana se aprende y por tanto, puede ser enseñado. Ciudadanía viene de ciudad y “el derecho a la ciudad se manifiesta como forma superior de los derechos: El derecho a la libertad, a la individuación en la socialización, al hábitat y el habitar. El derecho a la obra (a la actividad participante) y el derecho a la apropiación (muy diferente al derecho de la propiedad), están imbricados en el derecho a la ciudad”  (Lefebvre, 1968). El derecho a la ciudadanía (a la ciudad)  representa el derecho a la libertad, a la democracia, a una nueva manera de vivir el sistema social. Y eso hace la educación pública sin adoctrinamiento partidista, sin exclusión pero con pasión.

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