dijous, 8 d’octubre del 2026

 

SOBRE LA PELÍCULA INCRONTROLABLE

Francesc Imbernon. Universidad de Barcelona.

La película Incontrolable sitúa al profesorado ante una realidad que, aunque no siempre visible, atraviesa muchas aulas como la dificultad de convivir con aquello que se escapa de la norma. A través de la historia de un joven con síndrome de Tourette, el relato no se limita a mostrar una condición neurológica, sino que pone en evidencia algo más profundo: el modo en que la sociedad, y, de manera muy particular, la escuela,  construye la diferencia, la nombra, la etiqueta y, en demasiadas ocasiones, la excluye. Lo verdaderamente problemático no es tanto la presencia del trastorno como la reacción que este provoca en quienes lo observan. La mirada del otro se convierte así en un elemento central del conflicto, porque es en esa mirada donde se decide si una persona es reconocida o marginada.

Desde una perspectiva educativa, la película permite interrogar la idea de normalidad que opera de forma implícita en los centros educativos. ¿Quién define lo que es un comportamiento adecuado? ¿Qué sucede cuando alguien no puede ajustarse a esos códigos? En muchos casos, la respuesta no es la comprensión, sino el rechazo, la burla o el aislamiento. El aula, que debería ser un espacio de inclusión, se transforma entonces en un escenario donde se reproducen dinámicas sociales de estigmatización. El desconocimiento alimenta el prejuicio, y el prejuicio legitima prácticas de exclusión que, aunque a veces sutiles, tienen un impacto profundo en la construcción de la identidad del alumnado.

La experiencia del protagonista muestra con claridad cómo el estigma no solo afecta a la relación con los demás, sino también a la relación con uno mismo. La vergüenza, el deseo de ocultarse o de pasar desapercibido, la sensación de no encajar, son efectos de una presión social constante que empuja a negar aquello que se es. Sin embargo, la evolución del personaje introduce una dimensión clave desde el punto de vista pedagógico: la posibilidad de transformar esa diferencia en una forma de afirmación. El paso de la ocultación a la aceptación no es un proceso individual aislado, sino que está profundamente condicionado por el entorno. Allí donde hay comprensión, acompañamiento y reconocimiento, la identidad puede construirse desde la dignidad; allí donde hay rechazo, se instala la herida.

Trabajar esta película con el alumnado y profesorado abre la puerta a una reflexión que va más allá del caso concreto del Tourette y se proyecta sobre el conjunto de la diversidad en el aula. No se trata únicamente de conocer determinadas condiciones o diagnósticos, sino de cuestionar las lógicas que convierten cualquier diferencia en un problema. En este sentido, la propuesta didáctica no debería centrarse en la empatía superficial o en la idea de “superación personal”, sino en un análisis más profundo de los mecanismos que generan exclusión. Resulta fundamental preguntarse hasta qué punto la escuela está preparada para acoger la diversidad real de su alumnado o si, por el contrario, sigue funcionando a partir de modelos homogéneos que dejan fuera a quienes no encajan en ellos.

El visionado de la película puede convertirse en un dispositivo potente para activar el pensamiento crítico del alumnado y, también del profesorado, si se acompaña de preguntas que incomoden ciertas evidencias asumidas, si el problema reside en el individuo o en el contexto, si las respuestas educativas que se dan son inclusivas o simplemente integradoras, si se está educando para la convivencia en la diferencia o para la adaptación a una norma preestablecida. En este proceso, también es importante atender a las propias prácticas docentes, a los gestos cotidianos, a las expectativas que se generan sobre el alumnado y a las formas en que, a veces sin intención, se contribuye a reforzar etiquetas.

Al mismo tiempo, la película permite introducir el trabajo sobre la dimensión emocional de la educación, entendida no como un añadido, sino como un componente esencial del aprendizaje. Comprender lo que siente quien es señalado, excluido o incomprendido es un primer paso, pero no suficiente, lo decisivo es traducir esa comprensión en prácticas educativas que generen entornos seguros, donde la diferencia no sea tolerada como una excepción, sino reconocida como parte constitutiva de lo común. Esto implica repensar la organización del aula, las dinámicas de grupo, el papel del profesorado como mediador y la responsabilidad colectiva en la construcción de un clima inclusivo.

Existe, sin embargo, un riesgo que conviene evitar, reducir la película a una historia inspiradora que refuerce la idea de que todo depende de la actitud individual. Este enfoque, aparentemente positivo, puede invisibilizar las barreras estructurales y trasladar la responsabilidad exclusivamente a quien vive la diferencia. Desde una pedagogía crítica, el interés de la película radica precisamente en lo contrario, en mostrar cómo las dificultades se generan en la interacción entre la persona y su contexto, y en cómo ese contexto puede y debe transformarse.

En última instancia, Incontrolable interpela directamente a la escuela como institución. La obliga a preguntarse si está dispuesta a asumir la diversidad en toda su complejidad o si seguirá reproduciendo modelos que privilegian la uniformidad. Porque, en el fondo, la cuestión que plantea no es cómo ayudar a quienes son diferentes a adaptarse, sino cómo construir espacios educativos donde nadie tenga que dejar de ser quien es para poder formar parte.

 

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