SOBRE LA PELÍCULA INCRONTROLABLE
Francesc Imbernon. Universidad de Barcelona.
La película Incontrolable
sitúa al profesorado ante una realidad que, aunque no siempre visible,
atraviesa muchas aulas como la dificultad de convivir con aquello que se escapa
de la norma. A través de la historia de un joven con síndrome de Tourette, el
relato no se limita a mostrar una condición neurológica, sino que pone en
evidencia algo más profundo: el modo en que la sociedad, y, de manera muy
particular, la escuela, construye la
diferencia, la nombra, la etiqueta y, en demasiadas ocasiones, la excluye. Lo
verdaderamente problemático no es tanto la presencia del trastorno como la
reacción que este provoca en quienes lo observan. La mirada del otro se
convierte así en un elemento central del conflicto, porque es en esa mirada
donde se decide si una persona es reconocida o marginada.
Desde una perspectiva educativa, la película
permite interrogar la idea de normalidad que opera de forma implícita en los
centros educativos. ¿Quién define lo que es un comportamiento adecuado? ¿Qué
sucede cuando alguien no puede ajustarse a esos códigos? En muchos casos, la
respuesta no es la comprensión, sino el rechazo, la burla o el aislamiento. El
aula, que debería ser un espacio de inclusión, se transforma entonces en un
escenario donde se reproducen dinámicas sociales de estigmatización. El desconocimiento
alimenta el prejuicio, y el prejuicio legitima prácticas de exclusión que,
aunque a veces sutiles, tienen un impacto profundo en la construcción de la
identidad del alumnado.
La experiencia del protagonista muestra con
claridad cómo el estigma no solo afecta a la relación con los demás, sino
también a la relación con uno mismo. La vergüenza, el deseo de ocultarse o de
pasar desapercibido, la sensación de no encajar, son efectos de una presión
social constante que empuja a negar aquello que se es. Sin embargo, la
evolución del personaje introduce una dimensión clave desde el punto de vista
pedagógico: la posibilidad de transformar esa diferencia en una forma de
afirmación. El paso de la ocultación a la aceptación no es un proceso
individual aislado, sino que está profundamente condicionado por el entorno.
Allí donde hay comprensión, acompañamiento y reconocimiento, la identidad puede
construirse desde la dignidad; allí donde hay rechazo, se instala la herida.
Trabajar esta película con el alumnado y
profesorado abre la puerta a una reflexión que va más allá del caso concreto
del Tourette y se proyecta sobre el conjunto de la diversidad en el aula. No se
trata únicamente de conocer determinadas condiciones o diagnósticos, sino de
cuestionar las lógicas que convierten cualquier diferencia en un problema. En
este sentido, la propuesta didáctica no debería centrarse en la empatía
superficial o en la idea de “superación personal”, sino en un análisis más
profundo de los mecanismos que generan exclusión. Resulta fundamental
preguntarse hasta qué punto la escuela está preparada para acoger la diversidad
real de su alumnado o si, por el contrario, sigue funcionando a partir de
modelos homogéneos que dejan fuera a quienes no encajan en ellos.
El visionado de la película puede convertirse en
un dispositivo potente para activar el pensamiento crítico del alumnado y,
también del profesorado, si se acompaña de preguntas que incomoden ciertas
evidencias asumidas, si el problema reside en el individuo o en el contexto, si
las respuestas educativas que se dan son inclusivas o simplemente integradoras,
si se está educando para la convivencia en la diferencia o para la adaptación a
una norma preestablecida. En este proceso, también es importante atender a las
propias prácticas docentes, a los gestos cotidianos, a las expectativas que se
generan sobre el alumnado y a las formas en que, a veces sin intención, se
contribuye a reforzar etiquetas.
Al mismo tiempo, la película permite introducir
el trabajo sobre la dimensión emocional de la educación, entendida no como un
añadido, sino como un componente esencial del aprendizaje. Comprender lo que
siente quien es señalado, excluido o incomprendido es un primer paso, pero no
suficiente, lo decisivo es traducir esa comprensión en prácticas educativas que
generen entornos seguros, donde la diferencia no sea tolerada como una
excepción, sino reconocida como parte constitutiva de lo común. Esto implica
repensar la organización del aula, las dinámicas de grupo, el papel del
profesorado como mediador y la responsabilidad colectiva en la construcción de
un clima inclusivo.
Existe, sin embargo, un riesgo que conviene
evitar, reducir la película a una historia inspiradora que refuerce la idea de
que todo depende de la actitud individual. Este enfoque, aparentemente
positivo, puede invisibilizar las barreras estructurales y trasladar la
responsabilidad exclusivamente a quien vive la diferencia. Desde una pedagogía
crítica, el interés de la película radica precisamente en lo contrario, en
mostrar cómo las dificultades se generan en la interacción entre la persona y
su contexto, y en cómo ese contexto puede y debe transformarse.
En última instancia, Incontrolable
interpela directamente a la escuela como institución. La obliga a preguntarse
si está dispuesta a asumir la diversidad en toda su complejidad o si seguirá
reproduciendo modelos que privilegian la uniformidad. Porque, en el fondo, la
cuestión que plantea no es cómo ayudar a quienes son diferentes a adaptarse,
sino cómo construir espacios educativos donde nadie tenga que dejar de ser
quien es para poder formar parte.
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