dijous, 8 d’octubre del 2026

 

¿Qué significa hoy hablar de pedagogías críticas?

Francisco Imbernón

Estos días se ha celebrado en València el 5.º Congreso Internacional de Educación Crítica, (Educrítica 2026). No es casual que un encuentro de estas características siga teniendo sentido, y quizá más que nunca, en el momento socioeducativo y político actual. Durante dos días, docentes, investigadores, estudiantes, movimientos sociales y otros agentes educativos han vuelto a discutir sobre una cuestión que nunca debería desaparecer del debate educativo como qué educación queremos y qué sociedad estamos construyendo a través de ella.

No estamos ante una corriente homogénea, ni ante un cuerpo cerrado de teorías, ni mucho menos ante una nueva metodología pedagógica que pueda convertirse en una receta. Las pedagogías críticas son diversas y tienen historias, autores, tradiciones y contextos diferentes. Pero comparten una manera de entender la educación como una práctica social, cultural y política profundamente relacionada con las relaciones de poder, las desigualdades y las posibilidades de transformación de la sociedad.

Su pregunta fundamental sigue siendo incómoda para algunos: ¿al servicio de quién y de qué proyecto social educamos? Una pregunta aparentemente sencilla que cambia muchas cosas.

Porque se ha repetido hasta la saciedad que educar nunca consiste únicamente en transmitir conocimientos. Cuando seleccionamos unos contenidos y dejamos otros fuera, cuando decidimos qué conocimientos consideramos importantes, cuando establecemos qué significa aprender, cómo evaluamos, quién tiene mejores resultados y quién queda atrás, estamos tomando decisiones que tienen consecuencias sociales y culturales.

Por eso las pedagogías críticas cuestionan la pretendida neutralidad de la educación. No para convertir la escuela en un espacio de adoctrinamiento, como a veces se pretende hacer creer, sino precisamente para hacer visible aquello que con frecuencia permanece oculto como que toda educación se desarrolla en un determinado contexto histórico, económico, cultural y político. La cuestión no es si la educación tiene una dimensión política. La cuestión es si somos conscientes de ella.

También por eso las pedagogías críticas interrogan el currículo, la evaluación, la organización escolar, la formación del profesorado y las políticas educativas. Preguntan quién decide, desde dónde se decide y qué intereses se ponen en juego. Y esto resulta especialmente importante en un momento en que muchas decisiones educativas se presentan como meramente técnicas. Como si los algoritmos, las pruebas estandarizadas (e debate abierto hoy días), los rankings, los indicadores, las plataformas digitales o determinadas formas de evaluación fueran instrumentos neutrales y no respondieran también a determinadas concepciones de la educación.

Por eso las pedagogías críticas no pueden reducirse a introducir determinadas metodologías en el aula y cambios en los centros. Son, sobre todo, una forma de mirar la educación. Una mirada que nos lleva a preguntarnos qué conocimientos se legitima, qué voces son escuchadas y cuáles permanecen en silencio, quién tiene posibilidades reales de aprender y quién encuentra obstáculos que no dependen únicamente de su esfuerzo individual, qué papel desempeñan las condiciones sociales y materiales en los procesos educativos. Y ahí aparece una cuestión fundamental, la justicia social.

Hablar de pedagogías críticas es hablar de equidad, de inclusión, de democracia y de derechos. Pero también de clase social, de género, de origen, de desigualdad territorial, de cultura, de participación, de discriminación y de todas aquellas condiciones que atraviesan la experiencia educativa. No podemos pedir a la escuela que sea democrática y mantener unas estructuras educativas profundamente jerárquicas. No podemos hablar de inclusión mientras determinadas voces siguen teniendo muchas más posibilidades de ser escuchadas que otras. No podemos defender el pensamiento crítico si la escuela se limita a pedir al alumnado que encuentre rápidamente la respuesta correcta.

Pensar críticamente no es aprender a llevar la contraria. Es aprender a comprender. Comprender que las cosas podrían ser de otra manera. Comprender que aquello que parece natural puede ser históricamente construido. Comprender que las desigualdades no son siempre consecuencia de las capacidades individuales. Comprender que existen diferentes formas de conocimiento y diferentes maneras de interpretar el mundo. Y comprender, sobre todo, que la realidad educativa no está escrita de antemano.

Esta cuestión adquiere hoy una especial importancia ante la creciente mercantilización de la educación, la obsesión por los resultados medibles, la estandarización de los aprendizajes, la precarización del trabajo docente y el debilitamiento de determinados espacios de reflexión colectiva. Pero también porque la educación se ha convertido en uno de los principales terrenos de disputa cultural de nuestro tiempo.

La derecha y, de manera más explícita, la ultraderecha está colocando la educación en el centro de una batalla por el sentido de la sociedad. No se trata únicamente de discutir sobre métodos, currículos o resultados académicos. Se discute qué valores debe transmitir la escuela, qué contenidos deben formar parte del currículo, qué papel corresponde a las familias, qué significa lo que llaman la libertad educativa, cómo debe entenderse la igualdad y hasta dónde puede llegar la autonomía del profesorado. En España, por ejemplo, el PP reivindica un currículo común, la excelencia académica, la cultura del esfuerzo y la eliminación del supuesto adoctrinamiento ideológico de las aulas, mientras Vox plantea, entre otras cuestiones, el control parental sobre determinados contenidos y la revisión de materiales y currículos en nombre de la neutralidad ideológica.

El problema aparece cuando la defensa de la supuesta neutralidad educativa acaba ocultando que también hay una determinada concepción ideológica detrás de aquello que se presenta como neutral.  La ultraderecha europea ha entendido bien que transformar la educación puede contribuir a transformar la sociedad. Diversos análisis han identificado en sus propuestas elementos recurrentes como recentralización del sistema educativo, énfasis en una determinada idea de nación, revisión de contenidos curriculares, oposición a determinadas políticas de igualdad y diversidad, defensa de una concepción más disciplinaria de la enseñanza y una fuerte apelación al esfuerzo y a la responsabilidad individual.

Y esto no es una cuestión abstracta. En los últimos años hemos visto cómo determinados discursos antifeministas, xenófobos, negacionistas o nostálgicos de las dictaduras circulan entre adolescentes y jóvenes, especialmente a través de las redes sociales. El profesorado se encuentra muchas veces teniendo que responder en el aula a discursos que llegan con enorme fuerza desde esos espacios digitales. También se han producido conflictos concretos en centros educativos alrededor de la introducción de discursos ultraconservadores o de extrema derecha, como ha ocurrido recientemente en algunos centros concertados.

Por eso las pedagogías críticas no consideraran estos fenómenos como algo externo a la educación. La batalla por el significado de palabras como libertad, igualdad, mérito, esfuerzo, autoridad, familia, ciudadanía o democracia también es una batalla educativa.

Frente a ello, una pedagogía crítica no puede limitarse a denunciar. Tiene que ofrecer una alternativa educativa basada en el conocimiento, el diálogo, la participación, la justicia social y los derechos. Y debe hacerlo sin caer en el dogmatismo que critica. No se trata de sustituir un adoctrinamiento por otro, sino de formar personas capaces de analizar críticamente cualquier discurso, también aquellos con los que nosotros mismos podemos estar de acuerdo.

Las pedagogías críticas tienen mucho que aportar en esta tarea. No porque posean una verdad definitiva, sino porque nos recuerdan que educar consiste también en enseñar a interpretar el mundo, a reconocer las desigualdades, a contrastar argumentos, a identificar las manipulaciones y a participar en la construcción de una sociedad democrática.

Y eso resulta especialmente necesario cuando desde determinados sectores se intenta presentar el pensamiento crítico como adoctrinamiento, la igualdad como privilegio, la diversidad como amenaza o la defensa de lo público como una cuestión ideológica. La respuesta de la educación no puede ser el silencio. Tiene que ser más conocimiento, más pensamiento crítico y más democracia.

Pero también ante el avance de discursos autoritarios, ultraconservadores y fascistas que pretenden simplificar la realidad, cuestionar derechos, señalar al diferente y convertir la educación en un terreno de batalla cultural. Las pedagogías críticas tienen aquí una responsabilidad que no podemos eludir. No se trata de responder a la polarización con otra polarización. Tampoco de sustituir un dogmatismo por otro. Una pedagogía crítica debería ser precisamente lo contrario, la capacidad para interrogar también nuestras propias certezas, escuchar argumentos

Por eso también debemos reivindicar el papel del profesorado. Las pedagogías críticas no consideran al profesorado como un simple aplicador de programas, estándares, plataformas o instrucciones administrativas. Lo entienden como un profesional que piensa, interpreta, decide y construye conocimiento pedagógico desde su experiencia.

Y lo mismo sucede con el alumnado. No es un recipiente que debe ser llenado de contenidos, sino un sujeto que interpreta, pregunta, participa y produce conocimiento. Esta idea sigue teniendo una enorme fuerza en tiempos en los que la educación corre el riesgo de convertirse en una sucesión de procedimientos.

Las pedagogías críticas no ofrecen soluciones simples. No tienen una receta para resolver los problemas educativos. Y quizá ahí reside precisamente su valor.

Lo que pueden ofrecernos las pedagogías críticas es otra cosa como las herramientas para comprender mejor la realidad, para hacer visibles las desigualdades, para cuestionar aquello que se presenta como inevitable y para actuar colectivamente sobre lo que queremos transformar.

Por eso, para quienes formamos parte de esta tradición, hablar hoy de pedagogías críticas no significa mirar nostálgicamente hacia el pasado. Significa mirar de frente al presente. Significa preguntarnos qué está ocurriendo con la educación pública, con el profesorado, con la infancia y la juventud, con la universidad, con el conocimiento, con la tecnología y con la democracia. Significa defender que la educación no puede quedar reducida a una mercancía, a un indicador, a un ranking o a un conjunto de competencias descontextualizadas. Y significa recordar algo que no debemos olvidar que educar siempre implica tomar partido por una determinada idea de persona y de sociedad.

Las pedagogías críticas son una manera de entender la educación y de preguntarnos para qué educamos, a quién sirve lo que hacemos y qué sociedad estamos contribuyendo a construir.

 

 


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