¿Qué significa hoy hablar de pedagogías críticas?
Francisco Imbernón
Estos días se ha celebrado en València el 5.º
Congreso Internacional de Educación Crítica, (Educrítica 2026). No es casual
que un encuentro de estas características siga teniendo sentido, y quizá más
que nunca, en el momento socioeducativo y político actual. Durante dos días,
docentes, investigadores, estudiantes, movimientos sociales y otros agentes
educativos han vuelto a discutir sobre una cuestión que nunca debería
desaparecer del debate educativo como qué educación queremos y qué sociedad
estamos construyendo a través de ella.
No estamos ante una corriente homogénea, ni ante
un cuerpo cerrado de teorías, ni mucho menos ante una nueva metodología
pedagógica que pueda convertirse en una receta. Las pedagogías críticas son
diversas y tienen historias, autores, tradiciones y contextos diferentes. Pero
comparten una manera de entender la educación como una práctica social,
cultural y política profundamente relacionada con las relaciones de poder, las
desigualdades y las posibilidades de transformación de la sociedad.
Su pregunta fundamental sigue siendo incómoda
para algunos: ¿al servicio de quién y de qué proyecto social educamos? Una
pregunta aparentemente sencilla que cambia muchas cosas.
Porque se ha repetido hasta la saciedad que educar
nunca consiste únicamente en transmitir conocimientos. Cuando seleccionamos
unos contenidos y dejamos otros fuera, cuando decidimos qué conocimientos
consideramos importantes, cuando establecemos qué significa aprender, cómo
evaluamos, quién tiene mejores resultados y quién queda atrás, estamos tomando
decisiones que tienen consecuencias sociales y culturales.
Por eso las pedagogías críticas cuestionan la
pretendida neutralidad de la educación. No para convertir la escuela en un
espacio de adoctrinamiento, como a veces se pretende hacer creer, sino
precisamente para hacer visible aquello que con frecuencia permanece oculto
como que toda educación se desarrolla en un determinado contexto histórico,
económico, cultural y político. La cuestión no es si la educación tiene una
dimensión política. La cuestión es si somos conscientes de ella.
También por eso las pedagogías críticas
interrogan el currículo, la evaluación, la organización escolar, la formación
del profesorado y las políticas educativas. Preguntan quién decide, desde dónde
se decide y qué intereses se ponen en juego. Y esto resulta especialmente
importante en un momento en que muchas decisiones educativas se presentan como
meramente técnicas. Como si los algoritmos, las pruebas estandarizadas (e
debate abierto hoy días), los rankings, los indicadores, las plataformas
digitales o determinadas formas de evaluación fueran instrumentos neutrales y
no respondieran también a determinadas concepciones de la educación.
Por eso las pedagogías críticas no pueden
reducirse a introducir determinadas metodologías en el aula y cambios en los
centros. Son, sobre todo, una forma de mirar la educación. Una mirada que nos
lleva a preguntarnos qué conocimientos se legitima, qué voces son escuchadas y
cuáles permanecen en silencio, quién tiene posibilidades reales de aprender y
quién encuentra obstáculos que no dependen únicamente de su esfuerzo individual,
qué papel desempeñan las condiciones sociales y materiales en los procesos
educativos. Y ahí aparece una cuestión fundamental, la justicia social.
Hablar de pedagogías críticas es hablar de
equidad, de inclusión, de democracia y de derechos. Pero también de clase
social, de género, de origen, de desigualdad territorial, de cultura, de
participación, de discriminación y de todas aquellas condiciones que atraviesan
la experiencia educativa. No podemos pedir a la escuela que sea democrática y
mantener unas estructuras educativas profundamente jerárquicas. No podemos
hablar de inclusión mientras determinadas voces siguen teniendo muchas más
posibilidades de ser escuchadas que otras. No podemos defender el pensamiento
crítico si la escuela se limita a pedir al alumnado que encuentre rápidamente
la respuesta correcta.
Pensar críticamente no es aprender a llevar la
contraria. Es aprender a comprender. Comprender que las cosas podrían ser de
otra manera. Comprender que aquello que parece natural puede ser históricamente
construido. Comprender que las desigualdades no son siempre consecuencia de las
capacidades individuales. Comprender que existen diferentes formas de
conocimiento y diferentes maneras de interpretar el mundo. Y comprender, sobre
todo, que la realidad educativa no está escrita de antemano.
Esta cuestión adquiere hoy
una especial importancia ante la creciente mercantilización de la educación, la
obsesión por los resultados medibles, la estandarización de los aprendizajes,
la precarización del trabajo docente y el debilitamiento de determinados
espacios de reflexión colectiva. Pero también porque la educación se ha convertido en uno de los
principales terrenos de disputa cultural de nuestro tiempo.
La derecha y, de manera más
explícita, la ultraderecha está colocando la educación en el centro de una
batalla por el sentido de la sociedad. No se trata únicamente de discutir sobre
métodos, currículos o resultados académicos. Se discute qué valores debe
transmitir la escuela, qué contenidos deben formar parte del currículo, qué
papel corresponde a las familias, qué significa lo que llaman la libertad
educativa, cómo debe entenderse la igualdad y hasta dónde puede llegar la
autonomía del profesorado. En España, por ejemplo, el PP reivindica un
currículo común, la excelencia académica, la cultura del esfuerzo y la
eliminación del supuesto adoctrinamiento ideológico de las aulas, mientras Vox
plantea, entre otras cuestiones, el control parental sobre determinados
contenidos y la revisión de materiales y currículos en nombre de la neutralidad
ideológica.
El problema aparece cuando la
defensa de la supuesta neutralidad educativa acaba ocultando que también hay una determinada concepción ideológica
detrás de aquello que se presenta como neutral. La ultraderecha europea ha entendido bien que
transformar la educación puede contribuir a transformar la sociedad. Diversos
análisis han identificado en sus propuestas elementos recurrentes como
recentralización del sistema educativo, énfasis en una determinada idea de
nación, revisión de contenidos curriculares, oposición a determinadas políticas
de igualdad y diversidad, defensa de una concepción más disciplinaria de la
enseñanza y una fuerte apelación al esfuerzo y a la responsabilidad individual.
Y esto no es una cuestión
abstracta. En los últimos años hemos visto cómo determinados discursos
antifeministas, xenófobos, negacionistas o nostálgicos de las dictaduras
circulan entre adolescentes y jóvenes, especialmente a través de las redes
sociales. El profesorado se encuentra muchas veces teniendo que responder en el
aula a discursos que llegan con enorme fuerza desde esos espacios digitales.
También se han producido conflictos concretos en centros educativos alrededor
de la introducción de discursos ultraconservadores o de extrema derecha, como
ha ocurrido recientemente en algunos centros concertados.
Por eso las pedagogías
críticas no consideraran estos fenómenos como algo externo a la educación. La batalla por el significado de palabras como
libertad, igualdad, mérito, esfuerzo, autoridad, familia, ciudadanía o
democracia también es una batalla educativa.
Frente a ello, una pedagogía
crítica no puede limitarse a denunciar. Tiene que ofrecer una alternativa
educativa basada en el conocimiento, el diálogo, la participación, la justicia
social y los derechos. Y debe hacerlo sin caer en el dogmatismo que critica. No
se trata de sustituir un adoctrinamiento por otro, sino de formar personas
capaces de analizar críticamente cualquier discurso, también aquellos con los
que nosotros mismos podemos estar de acuerdo.
Las pedagogías críticas
tienen mucho que aportar en esta tarea. No porque posean una verdad definitiva,
sino porque nos recuerdan que educar consiste también en enseñar a interpretar
el mundo, a reconocer las desigualdades, a contrastar argumentos, a identificar
las manipulaciones y a participar en la construcción de una sociedad
democrática.
Y eso resulta especialmente necesario cuando
desde determinados sectores se intenta presentar el pensamiento crítico como
adoctrinamiento, la igualdad como privilegio, la diversidad como amenaza o la
defensa de lo público como una cuestión ideológica. La respuesta de la educación no puede ser el
silencio. Tiene que ser más conocimiento, más pensamiento crítico y más
democracia.
Pero también ante el avance de discursos
autoritarios, ultraconservadores y fascistas que pretenden simplificar la
realidad, cuestionar derechos, señalar al diferente y convertir la educación en
un terreno de batalla cultural. Las pedagogías críticas tienen aquí una
responsabilidad que no podemos eludir. No se trata de responder a la
polarización con otra polarización. Tampoco de sustituir un dogmatismo por
otro. Una pedagogía crítica debería ser precisamente lo contrario, la capacidad
para interrogar también nuestras propias certezas, escuchar argumentos
Por eso también debemos reivindicar el papel del
profesorado. Las pedagogías críticas no consideran al profesorado como un
simple aplicador de programas, estándares, plataformas o instrucciones
administrativas. Lo entienden como un profesional que piensa, interpreta,
decide y construye conocimiento pedagógico desde su experiencia.
Y lo mismo sucede con el alumnado. No es un
recipiente que debe ser llenado de contenidos, sino un sujeto que interpreta,
pregunta, participa y produce conocimiento. Esta idea sigue teniendo una enorme
fuerza en tiempos en los que la educación corre el riesgo de convertirse en una
sucesión de procedimientos.
Las pedagogías críticas no ofrecen soluciones
simples. No tienen una receta para resolver los problemas educativos. Y quizá
ahí reside precisamente su valor.
Lo que pueden ofrecernos las pedagogías críticas
es otra cosa como las herramientas para comprender mejor la realidad, para
hacer visibles las desigualdades, para cuestionar aquello que se presenta como
inevitable y para actuar colectivamente sobre lo que queremos transformar.
Por eso, para quienes formamos parte de esta
tradición, hablar hoy de pedagogías críticas no significa mirar nostálgicamente
hacia el pasado. Significa mirar de frente al presente. Significa preguntarnos
qué está ocurriendo con la educación pública, con el profesorado, con la
infancia y la juventud, con la universidad, con el conocimiento, con la
tecnología y con la democracia. Significa defender que la educación no puede
quedar reducida a una mercancía, a un indicador, a un ranking o a un conjunto
de competencias descontextualizadas. Y significa recordar algo que no debemos
olvidar que educar siempre implica tomar partido por una determinada idea de
persona y de sociedad.
Las pedagogías críticas son una manera de
entender la educación y de preguntarnos para qué educamos, a quién sirve lo que
hacemos y qué sociedad estamos contribuyendo a construir.
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