Si un día la ultraderecha gobierna la educación
Francisco Imbernón y Jaume Martínez Bonafé
Imaginar un sistema educativo bajo el mandato de la ultraderecha no
requiere un ejercicio extremo de especulación. La historia y la actualidad nos
han dado suficientes pistas sobre lo que ocurre cuando gobiernos con estas
ideas toman el control de la educación pública. En este contexto, los sistemas
educativos se ven sumidos en una transformación radical: una educación
restringida, ideologizada y sometida a los intereses del mercado. Sin embargo,
lo más alarmante es que, bajo la ultraderecha, la educación deja de ser un
derecho fundamental, para convertirse en un privilegio exclusivo de unos pocos.
En este modelo, la formación crítica es vista como una amenaza, y la
desigualdad se institucionaliza como una norma aceptada, sin cuestionamientos.
Bajo el discurso de la "libertad educativa", que la derecha
utiliza con frecuencia, la ultraderecha desata un ataque aún más sistemático a
la educación pública. Lo que se presenta como un acto de "libertad"
en realidad es un eufemismo utilizado para desmantelar el sistema de enseñanza
pública. El objetivo es favorecer la proliferación de modelos educativos
privados, donde el acceso a una educación de calidad dependerá directamente de
la capacidad económica de las familias. Este tipo de propuestas, desvían fondos
públicos hacia instituciones privadas y religiosas, dejando a la educación
pública al borde del colapso financiero. En este modelo, los niños y niñas de
familias acomodadas podrán asistir a colegios de élite, con una educación diferente
y abundante infraestructura, mientras que los sectores más pobres de la
población se verán atrapados en escuelas públicas cada vez más precarias, sin
recursos ni apoyo por parte de las administraciones.
Pero el ataque a la educación no es solo de carácter económico, sino
también profundamente ideológico. En un gobierno ultraderechista, el sistema
educativo deja de ser un espacio donde se fomente el pensamiento crítico y se
convierte en un campo de batalla cultural. En este escenario, los avances
sociales y las luchas por los derechos humanos se ven reducidos o directamente
eliminados de los programas educativos. Temas como la diversidad de género, el
feminismo y la historia de los movimientos sociales son considerados tabú, y su
tratamiento es censurado o distorsionado bajo la excusa de evitar el
"adoctrinamiento ideológico". Las leyes contra la "ideología de
género" y el "adoctrinamiento izquierdista" eliminan cualquier
contenido que desafíe las estructuras de poder tradicionales, privilegiando en
su lugar narrativas nacionalistas, conservadoras y dogmáticas. En lugar de
cuestionar las injusticias históricas, los currículos escolares se reescriben
para exaltar valores como el patriarcado, la moral cristiana conservadora y el
"glorioso pasado" de la nación, mientras que se invisibilizan las
luchas populares y los avances sociales que han sido fundamentales para la
humanidad, como la lucha por los derechos civiles, laborales o de las minorías.
Una de las consecuencias más alarmantes de este ataque ideológico es el
resurgimiento del negacionismo científico. Bajo el control de la ultraderecha,
temas de vital importancia como el cambio climático pueden ser minimizados o
incluso negados dentro de los programas educativos. En este modelo, la ciencia
y el conocimiento riguroso se subordinan a los intereses de grandes
corporaciones empresariales, dejando de lado la educación ambiental y las
políticas públicas que buscan mitigar los daños al planeta. En lugar de formar
ciudadanos informados y comprometidos con la justicia social y ecológica, el
sistema educativo bajo la ultraderecha busca moldear a consumidores acríticos,
dispuestos a ser parte de un sistema económico que no cuestionan, sin importar
las consecuencias sociales y ecológicas que ello conlleva.
Además de estos cambios en los contenidos educativos, el ataque al
profesorado sería directo y frontal. La ultraderecha ha demostrado,
históricamente, una desconfianza profunda hacia los educadores, a quienes querría como aliados de la tradición
conservadora y teme como propagandistas del progresismo antiautoritario. En
este escenario, se impulsan medidas para precarizar su trabajo,
debilitando sus sindicatos y sometiéndolos a un control riguroso por parte del
gobierno. El profesorado se vería forzado a ajustarse a los dogmas del régimen,
bajo la amenaza de sanciones, despidos o, incluso, represalias legales. Además,
se fomentaría la vigilancia en las aulas, alentando denuncias contra aquellos
docentes que toquen temas relacionados con derechos humanos, equidad o historia
crítica. El "neutralismo político" se convertiría en un mandato
obligatorio, pero en la práctica significaría que el profesorado debería callar
ante las injusticias sociales, económicas o políticas, promoviendo una visión
uniforme y alineada con los intereses del régimen en lugar de una educación
plural y crítica.
Esta represión no se limitaría a las escuelas de educación básica, sino que
también alcanzaría a las universidades. Las universidades públicas, que han facilitado históricamente
espacios de pensamiento crítico y de investigación independiente, serían
severamente afectadas por este tipo de gobiernos. Los recortes en la
financiación de la ciencia y la cultura serían dramáticos, privilegiando áreas
de conocimiento que beneficien directamente al sector privado, mientras que se
eliminarían áreas de investigación que fomenten el cuestionamiento o la
reflexión crítica. Las humanidades, las ciencias sociales y las artes serían
deslegitimadas, y se impondrían nuevas formas de censura sobre el arte, la
literatura y la creación intelectual en general.
Un sistema educativo bajo el dominio de la ultraderecha sería profundamente
desigual, adoctrinado y al servicio de las élites económicas y políticas. La
educación dejaría de ser un derecho de todas y todos y se convertiría en una herramienta de control
ideológico y económico. La pedagogía crítica se sustituiría por el miedo, la
diversidad por la homogeneidad impuesta y la justicia social por un
individualismo feroz y excluyente.
Pero si un día la ultraderecha
gobierna la educación, no todo estará perdido. La historia nos ha enseñado que
la educación siempre ha sido un campo en el que se cultiva la memoria
democrática y se practica la resistencia. En cada aula, en cada profesor o
profesora que desafía el silencio impuesto, en cada estudiante que se atreve a
cuestionar, en cada contexto sociocomunitario que lucha por la convivencia en
igualdad, se abre un pequeño resquicio de esperanza. La defensa de una
educación pública, laica, inclusiva y emancipadora no es solo una cuestión pedagógica, sino una lucha política
esencial para el futuro de la democracia. Es una lucha que debemos continuar,
con perseverancia y determinación, sin descanso ni confianza, sabiendo que solo
a través de la educación crítica y emancipadora podemos proteger nuestros
derechos y nuestra libertad.
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