La escuela de la obediencia, el silencio y la reproducción
Francisco Imbernón
Seguramente la memoria
de mi infancia escolar no difiere demasiado de los otros artículos que han ido
apareciendo sobre la etapa de la dictadura en este diario. Pero si pienso en
ella, evoca en mí una atmósfera densa, cargada de silencios, marcada por la
férrea disciplina de un nacionalcatolicismo omnipresente y una pedagogía
anclada en la repetición mecánica y memorística. Aquella escuela, aunque fue la
mía y también tengo muchos recuerdos agradables, lejos de cultivar espíritus
críticos, se erigía como un molde para la obediencia ciega a las normas
establecidas, una adhesión incondicional a una fe impuesta desde el púlpito y
el catecismo y el fervor por una patria concebida bajo parámetros estrechos, uniformes
y excluyentes para quienes no encajaban en
su rígido academicismo.
Cuántos compañeros se
quedaron fuera por el camino o fueron expulsados al acabar los cursos ya que el
sistema educativo no estaba diseñado para retener y apoyar a todos los alumnos
por igual. Y los veíamos desaparecer en el siguiente curso.
Todo ello debemos
recordarlo, especialmente frente a quienes hoy pretenden volver a un pasado
educativo que, bajo una apariencia de orden y disciplina, escondía profundas
desigualdades, silencios impuestos y exclusiones normalizadas. No se trata de
negar que muchas personas vivieran experiencias valiosas en aquellos tiempos ya
sea por sus características personales o socioeconómicas, pero sí de no olvidar
lo que ese modelo dejaba fuera: a los que no encajaban, a los que necesitaban
otros ritmos o más apoyo. Idealizar ese pasado es desconocer el sufrimiento de
tantos que quedaron al margen. Por eso, más que mirar atrás con nostalgia,
deberíamos hacerlo con sentido crítico, aprendiendo de la historia para
construir una educación verdaderamente justa, inclusiva y democrática.
Pero volviendo al tema,
la jornada escolar, en los primeros años de primaria, se teñían de rezos y del
unísono saludo al sol. Un aura de autoridad incuestionable emanaba del maestro
(en mi caso todos hombres), cuyo papel se revestía de una solemnidad casi
sacra. El castigo físico que, padecí durante mucho tiempo, se percibía como un
componente natural de la disciplina. La pluralidad a las diferencias
regionales, lingüísticas o culturales no solo era ignorada, sino activamente
reprimida. La educación se erigía como un eficaz instrumento de uniformización
y adoctrinamiento ideológico. Aunque mis recuerdos se difuminan en ese punto,
percibo cómo el canto al "Cara al sol" fue paulatinamente silenciado
en los pasillos de mi escuela. Y el constante rezo con el tiempo fue
disminuyendo.
El currículo escolar se
hallaba profundamente impregnado de una doctrina oficial con el apoyo de los
libros de texto. La historia se presentaba como un relato sesgado,
cuidadosamente construido al servicio del régimen imperante. La religión
católica permeaba cada rincón del conocimiento, actuando como un filtro
interpretativo de la realidad. Y la lengua castellana se erigía como el único
vehículo de comunicación legítimo, incluso en territorios donde otras lenguas luchaban
en silencio y en familia con fuerza propia.
No se nos invitaba a
reflexionar, sino a reiterar y repetir. No se nos alentaba a explorar, sino a
memorizar. La creatividad o las preguntas no eran vistas como signo de interés
o inteligencia y se respondía con miradas severas o advertencias sutiles, lo
que hacía que, con el tiempo, no se
preguntara. También se ha de reconocer que el papel de la familia se alineaba
con este modelo, promoviendo un respeto acrítico hacia la autoridad docente,
una colaboración sin reservas con las normas impuestas y un escaso o nulo
cuestionamiento del sistema educativo. Ya fuera por convencimiento, precaución
o miedo.
Sin embargo, incluso en
la opresión, brotaban fisuras inesperadas. A veces, tomaban la forma de un
maestro que se atrevía a deslizar algún un comentario sutil o una actitud
diferente. Yo fui, como tantos otros, un niño inquieto y algo travieso, y esa
curiosidad y pequeña rebeldía se convirtió en una forma silenciosa de resistencia,
pero también, lo acepto, de acatamiento por temor a que fuera excluido de mi
beca escolar. Aunque si analizo ese pasado, quiero suponer que la casualidad me
ha llevado a trabajar durante muchos años en la educación, aunque desde una
perspectiva diametralmente opuesta a la que se me ofreció en mis años
escolares. Resulta curioso que muchos que padecimos ese nefasto periodo nos
hemos dedicado a la educación.
La escuela franquista
se erigió como un pilar fundamental para la consolidación del control
ideológico del régimen. La pedagogía dominante no le importaba la nuestra vida
y, menos, la libertad o la igualdad. Su objetivo primordial era inculcar la
obediencia, el silencio y la reproducción de un orden social intrínsecamente
jerárquico y patriarcal. Este modelo educativo dejó una huella imborrable en
generaciones de alumnos (y de las alumnas del colegio de al lado) y también un
rechazo a muchas cosas educativas y religiosas, Pero aún hoy percibimos algunas
de sus inercias persistentes: el autoritarismo larvado en las aulas y en
algunos colegas, defendiendo una enseñanza que prioriza el contenido sobre el
desarrollo de competencias humanas esenciales.
Aunque he de reconocer
que mi infancia escolar, anterior a 1975, constituyó una experiencia
profundamente formativa, paradójicamente, no tanto por lo que se me transmitió,
que también, sino por lo que se me negó. Y no niego que aprendí mucho, aunque
fuera memorísticamente. Y con el tiempo, me impulsó a interrogarme sobre la
naturaleza de una educación verdaderamente humana, democrática y emancipadora.
Y es precisamente desde ese cuestionamiento donde sigo reflexionando sobre la
escuela en el presente.
La desaparición de
Franco en 1975 marcó el inicio de una transición política trascendental, cuyo
eco resonó también en el ámbito educativo. Durante las décadas de los sesenta y
setenta, la educación en España se caracterizó por una marcada centralización,
un autoritarismo palpable y una metodología de enseñanza basada en la
memorización. Sin embargo, en mi experiencia posterior como maestro de
primaria, fui testigo de cómo, gradualmente, se abrían resquicios para una
educación más democrática, participativa y orientada al desarrollo del
pensamiento crítico.
A pesar de estos
avances incipientes, el sistema educativo postfranquista aún conservaba muchas
de las estructuras y prácticas arraigadas en el pasado. La concentración del
poder educativo en Madrid, la limitada autonomía de los centros escolares y la
insuficiente formación permanente del profesorado representaban desafíos
persistentes. La introducción de reformas como la LOGSE en la década de los
noventa buscaba modernizar el sistema, pero su implementación a menudo carecía
de una adecuada preparación del profesorado y de una consideración profunda de
las realidades locales. Pero originó un inicio de un cambio necesario.
La educación
postfranquista, ya en mi etapa como maestro, se erigió como un escenario de contrastes: la
persistencia de inercias autoritarias convivía con el surgimiento de nuevas
corrientes y movimientos pedagógicos que reclamaban más libertad, participación
y justicia educativa. En medio de esa transición, pude aumentar una mirada
crítica y un compromiso firme con una educación transformadora, inclusiva y
profundamente democrática. Y en ese camino, seguimos muchos.
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