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diumenge, 2 de juliol de 2017

Un deseable futuro en la formación del profesorado


Me gustaría en este texto, antes de hablar del futuro de la formación del profesorado resaltar aquellos aspectos que, según mi criterio irán desaparecen de la educación escolarizada (o tendrían que desaparecer) en el futuro. Esto es importante por mi análisis puesto que la formación de los docentes dependerá de qué educación del futuro tendremos. Partiendo de la base que un cambio es necesario ya que lo único que no cambiará en el futuro será el cambio. Y esto me trae a hacer una pequeña reflexión sobre que tendría que desaparecer de nuestras aulas y qué cambiar.

Para este cambio necesitamos nuevos profesores y profesoras Y, por lo tanto, una nueva formación. ¿Pero qué sería necesario en esta nueva formación? En primer lugar la selección de entrada del profesorado es la más importante decisión para la calidad del sistema y para el recorrido profesional de quienes concurren a ella. Es necesario seleccionar con rigor a los candidatos y candidatas a la profesión docente con pruebas rigurosas que incluyan conocimientos profesionales y una evaluación de la inmersión a la práctica guiada por tutores seleccionados. Por lo tanto, sería importante seleccionar a los candidatos y candidatas a los estudios de magisterio, procurando incorporar a aquellos que posean aptitudes y capacidades para esta profesión mediante pruebas específicas en las Escuelas de Magisterio, de todas las etapas educativas. A la vez reformar los programas de formación buscando el equilibrio y la integración de los diferentes componentes curriculares: el conocimiento de la materia, el conocimiento didáctico específico y los conocimientos generales vinculados a los procesos de enseñanza-aprendizaje, así como el componente actitudinal. Y revisar los requisitos necesarios para ser formador o formadora de docentes. La formación inicial del profesorado además de los conocimientos específicos tienen que incluir una sólida formación pedagógica y práctica que posibilite la atención diversificada en un alumnado cada vez más diverso en cuanto a origen familiar, social y cultural y en cuanto a capacidades e intereses.

 Una preparación que facilite la innovación educativa en los centros, que promocione el trabajo en equipo y que fomente una actitud positiva y creativa hacia las nuevas exigencias culturales y pedagógicas. Y una preparación que forme para la igualdad entre los sexos y para la atención a la diversidad y, en general, para llevar a cabo todos y cada uno de los principios y las finalidades del sistema educativo. Y no podemos olvidar a quienes forman a los maestros. Sería imprescindible desarrollar programas de formación docente del profesorado que enseña en los centros de formación de maestros para promover un modelo de enseñanza más de acuerdo con las aportaciones de las ciencias de la educación y que, en el caso específico de la formación inicial del profesorado, convierta a los formadores de formadores en referentes de buenas prácticas docentes. En fin, atraer a los mejores y con un alto nivel de compromiso a la carrera de magisterio, mejorar a los formadores del profesorado y reformar el acceso a la formación del profesorado. En segundo lugar no se puede hablar de una mejor profesionalización y formación docente en esta época sin tener en cuenta como se realiza la inmersión en la profesión. Tendría que realizarse a través de un periodo de prácticas de iniciación profesional en centros seleccionados y acreditados. Esta inducción profesional tendría que centrarse en una formación práctica con tutores seleccionados que apoyen e introduzcan en el futuro profesor o profesora en esta formación en colaboración con el profesorado que enseña en magisterio. Necesitamos valorar la experiencia docente y convertirla en una oportunidad de aprender porque son muy importantes las primeras incursiones en la práctica. Es necesario que la fase de inmersión del profesorado novel en la práctica esté evaluada y signifique una puesta a prueba de la sensibilidad y las actitudes necesarias para desenvolverse con el alumnado y también la oportunidad de aprender de experiencias de calidad. En tercer lugar la formación permanente. La formación permanente del profesorado es una necesidad creciente y es reconocida como un derecho y un deber de que se extiende a todas las funciones que pueden ejercer los docentes. Y tiene que formar parte intrínseca de la profesión introduciendo esta necesidad desde los inicios de los estudios de profesorado. Se tendrían que potenciar y reconocer las actuaciones del profesorado innovador (más facilidades para la constitución de grupos de trabajo, proyectos de investigación e innovación educativa, potenciación de redes profesionales y de comunidades de aprendizaje y educación) y de los centros comprometidos en su proyecto docente (Formación en Centros, Planes de Autoevaluación y mejora...).

Y establecer mecanismos de reajuste para que las políticas sobre el profesorado no se limiten únicamente a las aulas y en los centros, puesto que la profesionalización laboral del colectivo hoy en día está vinculada también a causas sociales. Necesitamos abrir vías de comunicación entre los y las docentes que trabajan en el sistema educativo. Crear redes virtuales y presenciales de profesorado en las cuales se sirvan de la experiencia. Reconsiderar la importancia de disponer de instituciones que estabilicen el desarrollo profesional docente y los programas de perfeccionamiento. Es necesario que se produzca una reconceptualización colectiva de la profesión, de sus funciones, en fin de su profesionalización. Y, por último la formación en el centro educativo aunque el proceso de implicación del profesorado en la formación a los centros educativos no es nuevo y aparece con nitidez a partir de las experiencias institucionales de "formación centrada a la escuela" o "diseminación y utilización del conocimiento pedagógico a las escuelas", o a través de la necesidad de elaborar proyectos educativos o curriculares propios. Pero la formación en el centro implica algo más que una mera ubicación física de la formación. En este sentido podemos distinguir entre la formación en el centro, la formación en el centro y la formación del centro. Pero no creo necesario profundizar en ellas puesto que el importante, en este momento, no son los términos utilizados sino el contenido, el proceso y el resultado de la formación dentro de la escuela. La formación de los centros sería la única respuesta factible para producir el desarrollo personal, profesional e institucional (las tres patas de la profesionalización), y este permite crear condiciones óptimas porque el profesorado se profesionalice de forma innovadora. El concepto de formación va implícito en el de desarrollo del centro. Desde mi punto de vista, y en base a mi experiencia en la formación del profesorado, la formación al centro es una tendencia óptima para el desarrollo de la formación, y para la profesionalización docente, puesto que desarrolla un modelo más autónomo y colaborativo de docencia. La formación en centros significa realizar una "formación desde dentro y para mejora el de dentro". Es la interiorización del proceso de formación, con la descentralización y con un control autónomo de la formación generada por el mismo colectivo. Pero la "formación basada en los centros" supone también una constante indagación colaborativa y un consenso para el desarrollo de la organización y la gestión. El centro educativo tiene un contexto de ecología de aprendizaje específico que se ha de analizar y, a partir de los nuevos escenarios de aprendizaje, proponer alternativas de cambio e innovación. Aunque nadie duda de la importancia de la participación del profesorado en su formación sea posible, hasta hace pocos años este hecho no se ha visto reconocido en su justa medida. Desde mi perspectiva, la participación del profesorado en todo el proceso y la autonomía son el núcleo fundamental de la formación que genere entusiasmo para cambiar las cosas y mejorarlas con una repercusión en el aprendizaje del alumnado y en la satisfacción del profesorado. Si queremos que el profesorado participe en el diseño y gestión de su propia formación, o sea sujeto de formación, tiene que superarse el enfoque técnico que considera al profesorado como un objeto de la formación y al que, por lo tanto, no se le concede margen de libertad para la formación que necesita. Y luchar contra la percepción que la formación es algo artificial, promovida por las administraciones y ajeno a los contextos personales e institucionales en los cuales trabaja.

Pero ya sabemos que el profesorado no tiene que ser un técnico que desarrolla o implementa innovaciones prescritas, sino que tiene que participar activa y críticamente en su propio contexto escolar, en un proceso dinámico y flexible, en el verdadero proceso de formación. Una de las fuentes de mayor satisfacción y revitalización del profesorado puede ser la generación de procesos de mejora profesional a través de la puesta en marcha de innovaciones y dinámicas de cambio a los centros educativos, que, por lo tanto, beneficiarán a la colectividad. Esto significa decantarse hacia una valoración del profesorado como agente curricular reflexivo y crítico, lo cual tiene que permitirle tomar decisiones a los centros de manera autónoma, desarrollar el currículum de forma descentralizada y elaborar proyectos y materiales curriculares, situando el proceso en un contexto específico, el centro. Todo esto implica la intervención del profesorado como colectivo que actúa en una unidad de análisis, el centro educativo y del aprendizaje que provoca, que es donde se articula verdaderamente la profesionalización del profesorado. Por lo tanto si queremos cambiar la formación permanente tenemos que verla como una tarea colectiva y no aislada. Y que el puente de unión son los proyectos comunes y la indagación colaborativa de forma conjunta al centro escolar y en el contexto donde este trabaja. La formación tiene que contribuir a mejorar el proceso de enseñanza aprendizaje, al desarrollo institucional de los centros en el contexto y promover una nueva cultura profesional. El centro con todos sus espacios, como conjunto de elementos que intervienen en la práctica educativa contextualizada, tiene que ser actualmente el motor de la formación; esta pierde un importante tanto por ciento de incidencia cuando se produce de forma aislada y descontextualizada. Una característica fundamental de la formación en y para el cambio es que el profesorado tiene que asumir como tarea colectiva la intervención en el proceso de su desarrollo profesional, proceso que parte de sus necesidades en un contexto específico de situaciones problemáticas con el objetivo de provocar la innovación en la práctica educativa. Pero asumir esta actitud y liderar este proceso en los centros comporta serias dificultades que tienen que superar: - Las estructuras de toma de decisiones a la escuela. - Las normativas administrativas. - La falta de tiempo. - Las suspicacias y sospechas respecto a la gestión directiva.
- La falta de voluntad para tomar decisiones y pasar a la acción.
- El temor a perjudicar la imagen del centro con resultados indeseables.
- La escasa comunicación dentro del centro.
Y no olvidamos que son necesarios periodos de tiempos suficientes para la reflexión en equipo de la propia práctica, la planificación en común y el desarrollo de prácticas cooperativas al aula. También conviene recordar que la formación necesita cumplir unas condiciones institucionales para poder ser operativa, por ejemplo: - Condiciones de organización (horarios, tiempos, número de profesores...). - Consenso en el profesorado. - Superar los problemas individuales de algunos profesores y profesoras, puesto que tienen que marginarse muchos problemas profesionales individuales. - Medidas de seguimiento durando y con posterioridad a la formación. - Las estructuras de las instituciones de apoyo.

Esta nueva cultura de una nueva formación del futuro tendría que pasar para favorecer en los equipos de profesores el debate y la construcción de unas bases reales sobre las cuales construir los proyectos de cambio intentando eliminar al mismo tiempo los procesos de atomización e individualismo en el trabajo profesional. También hay que apoyar la experimentación y la difusión de materiales, nuevas estructuradas de grupos más reducidos y flexibles, nuevas metodologías, nuevos proyectos basado en los nuevos escenarios actuales de aprendizajes, en la línea de proporcionar referencias y elementos de dinamización nuevos. Y por supuesto, favorecer la formación de equipos, la imaginación y el trabajo democrático y colaborativo entre el profesorado.

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