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dijous, 1 de novembre de 2012



¿Calidad de la enseñanza? No me haga reír, por favor
Francisco Imbernón. Universidad de Barcelona
Cuadernos de Pedagogía. Febrero de 2012
Puede parecer una frase hecha pero no son buenos tiempos para la educación. La educación está siempre en el punto de mira de la sociedad, se proyectan muchas expectativas sobre ella aunque la mayoría de las veces sea sólo retórica, pero apareció la crisis económica y en lugar de recortar beneficios, bonus a los directivos de banca, aviones de combate, ejércitos, dietas de políticos, coches oficiales, aperitivos, celebraciones, propaganda, etc., se decide recortar educación y salud. Cuesta entender por qué. Quizá porque se trata de un sector débil al ser mayoritariamente sector público; o quizá porque hay detrás un colectivo profesional muy numeroso y cualquier recorte, por pequeño sea, alcanza una cifra considerable; o porque en el imaginario social todavía es una  profesión fácil, cómoda, con muchas vacaciones, y los políticos consideran que los “votantes” no se volverán en contra.
Y nadie piensa en las consecuencias a medio y largo plazo. Cuesta mucho construir un edificio sólido, bien estructurado, eficiente, pero basta una mala decisión para demolerlo, y después es imposible recomponer los fragmentos y volverlos a pegar. La cantidad que ahora pretenden ahorrar no bastará para compensar los daños que causará tener un sistema educativo deficiente. Y lo más curioso es que combatir el “fracaso escolar” aparece como una prioridad de los gobiernos, de todos los gobiernos, ¿y cómo será posible con menos recursos y con un profesorado desmotivado? Todo el mundo coincide en que una mejor educación tiene una repercusión clara en la convivencia y en la tolerancia, supone una mayor calidad de vida de los ciudadanos y tiene un impacto evidente en la economía productiva, eso que tanto les preocupa a los que toman decisiones políticas. En un interesante informe de la Unesco[1] encontramos la siguiente frase: “Para mejorar esta situación, es imprescindible que se adopten políticas que propicien la contratación de docentes, que garanticen su situación profesional y que les permitan adquirir una formación de calidad”. Los políticos tienen una rara habilidad, encomiable: consideran hechas las cosas que sólo han sido enunciadas; consideran resuelto un problema sólo porque han dicho que van a abordarlo, sin esperar a comprobar el éxito de las medidas tomadas, sin presentar después informes que avalen esas medidas. En fin, es la paradoja de la política: se quiere obtener una mejor calidad de la educación bajando la inversión, reduciendo la formación permanente y el número de profesores y profesoras, entre otras cosas.

Hablemos de profesores y profesoras, ¿víctimas o culpables?
Según los datos internacionales (OIT), en el mundo hay aproximadamente 60 millones de profesores y profesoras; y según el estudio de la UNESCO citado, para garantizar la educación básica universal de los actuales 115 millones de niños sin acceso a la educación, en el 2015 se necesitarán 18 millones más de maestros de infantil y primaria (la mitad de los cuales se requieren en el África subsahariana). Pero no es únicamente en los países en vías de desarrollo donde se necesitan más docentes. Según el mismo informe, España necesitará incrementar el número de profesores de su sistema educativo en unos 23.000 para el año 2015. Pero en España hemos decidido poner la marcha atrás. Durante este curso 2011/2012 no ha habido aumento de docentes aunque los alumnos hayan aumentado en 165.154 (de un total de 7,9 millones de alumnos escolarizados); es decir, a día de hoy deberíamos incorporar entre 12000 y 15000 profesores en toda España.
Tampoco podemos olvidar que en muchos países el 70% del profesorado vive por debajo del umbral de la pobreza, lo que significa que para sobrevivir han de trabajar en diversos lugares o en varios turnos escolares. No es el caso de España que, según los datos actuales[2], en primaria y secundaria el salario es superior a la media de la Unión Europea, aunque cuesta más años alcanzar un buen salario que tampoco es para tanto (el que se pague poco al profesorado en Europa no indica que en España se gane mucho). Y por otra parte, también trabajan más horas respecto a la media de los países de la Unión Europea. De todos modos, sabemos que cobrar más y dedicar más horas no se corresponde necesariamente con hacer mejor el trabajo. En este sentido, es mucho más crítico cuando el salario no llega ni para la “cesta básica”, como es el caso del profesorado de muchos países en otros continentes. Más adelante analizaremos cómo puede ser que teniendo profesores y profesoras bien pagados, trabajando más, con alumnos con más horas lectivas, tengamos un alto índice de fracaso escolar. Esto merece una reflexión más profunda que los meros números estadísticos.
Y esto sí que es una paradoja, ya que al mismo tiempo se recomienda que hay que evitar la fuga de profesores y profesoras (por algo será que muchos abandonan o están cansados), que es importante que entren los más preparados, que se retenga a “los buenos” en el sistema, y que hay que establecer incentivos para promover el acceso al Magisterio, y nos ponen como ejemplo a Finlandia o Corea. Buenos deseos que podemos encontrar en muchos discursos pero que son sólo palabras vacías, y no decisiones ni prácticas políticas.
A pesar de todas las alertas, de las afirmaciones sobre la importancia del profesorado, la tendencia en nuestro país es a reducir este colectivo. Es decir, la creación de un contexto profesional no propicio para la mejora de la calidad de la educación y que no permitirá combatir el fracaso. ¿Tendrá consecuencias en la finalidad de la educación, en el aprendizaje y la educación de los niños y adolescentes? He ahí el problema que debemos analizar.

Hablemos de presupuestos. La recesión educativa
Es cierto que en los últimos 50 años se ha avanzado mucho en educación. Se ha escolarizado a la población hasta los 16 años, han aumentado los titulados en educación secundaria y universitaria[3] y en 2009 habíamos llegado a dedicar el 5,03% del PIB, pero en los dos últimos años hemos bajado el 1,5% y en la  actualidad estamos en el 4,79% el porcentaje del PIB dedicado a la educación, lo que significa volver a la situación de 2008. ¿En qué se traduce este recorte en la inversión? Pues en ajustes salariales, en reducción de programas de apoyo y formación de docentes (el descenso de la inversión en formación del profesorado en algunas comunidades es escandaloso)[4], en reducción de profesorado recortando interinos y sustitutos (cinco Comunidades Autónomas están aplicando ya esta medida y veremos cuántas más la incorporan a corto plazo) que comporta más horas de clase y de presencia en el centro educativo. Y por supuesto también se ven afectadas las infraestructuras (es un país con muchos barracones que eufemísticamente son llamados aulas o módulos prefabricados), el aumento de ratios y la reducción de gastos en temas “sensibles” como el transporte escolar o las becas de comedor.
Cabe la posibilidad de considerar “minucias” estos recortes y pensar que el Sistema Educativo, consolidado en los últimos 30 años, es suficientemente potente para digerirlos. Es posible. Sabemos que, una vez alcanzado un determinado nivel, no hay una relación directa entre el aumento del gasto y el incremento de la calidad educativa, pero tampoco sabemos qué sucede cuando se produce un recorte tan radical, aunque podemos suponer que no nos va a traer nada nuevo. Es posible que haya elementos muy asentados en el profesorado, su formación y su dedicación (que, a pesar de las críticas, es de las mejores que se han tenido nunca), que podrán compensar con su esfuerzo el peso del “ahorro”. Pero aunque tengamos un profesorado preparado para afrontar algunos recortes, si se exceden pueden aparecer daños colaterales muy importantes[5]. Analicemos las consecuencias.
Hablemos de las consecuencias de políticas erráticas
El primer pensamiento que surge es que la educación no es importante para los políticos, que su fervor a la hora de describir los beneficios de la educación a medio y largo plazo es falso. Lo mismo sucede con sus declaraciones de amor hacia el profesorado, que en realidad sólo oculta la idea de que el profesorado ha vivido hasta ahora en un limbo educativo y que su tiempo se ha acabado. Es el famoso “y ahora verás”, tan típico de nuestras latitudes. En definitiva, ni a la educación ni al profesorado se le da el trato que merecen. Tanto hablar de informes como Pisa, tanto poner como modelo a Finlandia o Corea, tanto esgrimir las estadísticas de la OCDE, del profesorado como activo importante de la sociedad, de la urgencia en reducir el fracaso (que ha aumentado en un 7% durante los últimos 10 años)…, y en poco más de un año la excusa de la crisis convierte todo ello en un discurso vacío e irritante. Otros países, algunos de los que los políticos mencionan como ejemplo, evitan reducir la inversión en Educación y en Investigación y Desarrollo. Por alguna cosa será. Aquí recortamos, suprimimos, y seguimos argumentando que no sucederá nada, que mantendremos la calidad de la enseñanza, que es lo mismo que decir que antes dilapidábamos los recursos. ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué papel queremos interpretar en el siglo XXI?
Ante tanto despropósito, los más afectados serán los alumnos en situación de riego social, inmigrantes recién llegados, miembros de las clases más desfavorecidas, la mayoría de los cuales se concentra en la escuela pública. Si se reduce la inversión en educación, a medio plazo aumentará la pobreza económica y social, el desempleo y la marginación. Si el “gasto” por alumno baja y se reduce la plantilla del profesorado en los centros (y más en zonas de renta baja) aumentará el fracaso escolar por mucho que el profesorado se esfuerce. Es interesante observar cómo algunos políticos han realizado declaraciones públicas hablando de acuerdos con entidades de asistencia social para paliar los problemas de ayudas al comedor o al transporte. Algunos incluso han propuesto volver a la enseñanza de pago. Esos mismos políticos rechazan algunos impuestos porque suponen una doble imposición, al ganar el dinero y al crear un patrimonio. En cambio, aceptan que los ciudadanos tengamos que pagar un servicio dos veces, en el impuesto que nos descuentan de las nóminas y en el pago de un servicio básico, ya sea escolar o sanitario, que el estado deja de facilitar. Y todo porque son unos pésimos gestores, porque han derrochado nuestro dinero cuando no lo han malversado.
Por otra parte, hay una correlación evidente entre el nivel de educación y la prestación de servicios sociales y económicos. Los salarios de la población crecen en función del nivel educativo alcanzado y por tanto es un factor de desarrollo de la economía. Según la OCDE, en la próxima década sólo un 15% de los empleos serán de baja cualificación, cuando en España tenemos más de un 30% de fracaso escolar, cuando un 20% abandona el bachillerato y otro 25% no finaliza los estudios universitarios. Por tanto, la no inversión en educación comportará a la larga una mayor tasa de desempleo, una mayor cantidad de recursos dedicados a niveles asistenciales, y un menor compromiso social y cívico (y sin pretender ser alarmista, un más que probable aumento de la delincuencia y la marginación). Solo hay que mirar un mapa y analizar la relación entre la inversión de los diferentes países en educación (y en I+D+I) y su nivel de desarrollo y de convivencia social. La educación cambia a las personas, mejora la cohesión social, influye en la calidad de vida y en la salud, y es una fuente de satisfacción. Lo que en un momento dado no se invierte en educación quizá deba invertirse posteriormente en mecanismos de asistencia social o de represión social. (No hace mucho un ex ministro del PP hablaba de la importancia que tendría el ministro del interior en el futuro gobierno, ¡en qué estaría pensando!).
Una educación en crisis y un profesorado intensificado por un exceso de trabajo supondrá, a medio plazo, altos costes para la sociedad. Como repercusión inmediata conduce a un sistema educativo que puede alcanzar altas cotas de ineficiencia, por los bajos niveles de rendimiento[6] y por el alto índice de fracaso escolar. En lugar de avanzar, esta política errática parece propia del cangrejo, caminamos hacia atrás, desandamos lo andado, derruimos lo que costó tanto edificar.
Como dice el informe del Ministerio de Educación, mencionado anteriormente, analizando los indicadores de la OCDE del 2011: “las inversiones en educación generan importantes recompensas económicas en todos los países”. Entonces ¿qué es lo que estamos haciendo?

¿Qué pasa? ¿Por qué nos mienten?
Al analizar las declaraciones de los responsables políticos es fácil detectar que mienten sobre los recortes educativos. O utilizan patéticos eufemismos para decir las cosas. Me resisto a escribir aquí la conocida sentencia del cojo y el mentiroso, pero cuando los medios reproducen lo que dicen ciertos responsables políticos para justificar los recortes en la inversión (bueno, para ellos sólo es un gasto) en educación, uno llega a pensar que no son conscientes de los tiempos en que vivimos. No quiero decir que cuando no había teléfonos móviles, redes sociales, correo electrónico, Internet, los ciudadanos se tragaran esas mentiras por ignorancia o por falta de la capacidad de confrontarlas con la realidad, pero en la actualidad es muy fácil comprobar que lo que dicen no se ajusta a la realidad o que, como mínimo, la tergiversan y manipulan. Si conocieran al profesorado, sabrían que son personas comprometidas socialmente y que quizá aceptarían una verdad y unos argumentos constructivos y que aportarían su esfuerzo a salir de esta crisis, pero el camino que se elige sólo consigue soliviantar e indignar a tantos profesores y profesoras. Quizá, si en lugar de sólo recortar, se dedicarán a elaborar políticas coherentes relativas al profesorado, y con el profesorado, otro gallo nos cantaría.
Es cierto que la profesión no está exenta de problemas, algunos de ellos endémicos. Hay una crisis global de identidad del magisterio que se viene analizando desde hace mucho tiempo y que podría paliarse un poco si la Administración educativa tuviera un plan a largo plazo para la Educación. Pero está visto que no es así, que sólo son capaces de planificar a 4 años vista, de elección a elección. ¿Qué se puede hacer?
Por una parte, encontramos una formación que se mueve en un terreno resbaladizo, continúa bajo paradigmas obsoletos y ante una gran incertidumbre por otra parte. Debería revisarse a fondo la formación inicial del profesorado teniendo en cuenta los actuales paradigmas de enseñanza y aprendizaje. Y desarrollar una nueva identidad docente en el siglo XXI. ¿Qué significa ser docente en este siglo? Si queremos aumentar la calidad de la educación hemos de aprender a cambiar el currículum, las estructuras organizativas de los centros y las cuestiones didácticas en la aulas. No es suficiente decir que hay que enseñar por competencias, que hay que modificar el currículum y estructurar la escuela de forma diferente. Es necesaria una profunda reflexión sobre un nuevo modelo de formación inicial del profesorado, que ayude a establecer un nuevo papel como agentes de cambio educativo, cultural y social. Hay que pasar a la acción.
Y si nos acercamos a la práctica de escuelas e institutos, en contra de la percepción de muchos profesores y profesoras, podremos observar que no hay una devaluación en la valoración social. El profesorado en su conjunto está bien valorado, pero no se le demuestra. Mejorar las relaciones con la familia, la comunidad  y facilitar el trabajo y la mejora del contexto (planes de barrio, trabajo comunitarios, relaciones con entidades…) ayudaría a mejorar la educación de los ciudadanos.
También debería revisarse el papel de los sindicatos de enseñanza y no me refiero aquí a los recortes en liberados sindicales, sino al papel que deberían jugar en el desarrollo del profesorado en la sociedad del siglo XXI. Quizá les sucede lo mismo que a la formación que hay cierto empecinamiento en paradigmas obsoletos.

Cantidad y calidad, dos caras de la misma moneda
Si la cantidad en educación es importante, la calidad lo es mucho más. Como decíamos anteriormente, la cantidad (escolarizar hasta los 16 años, etc.) no se asegura la mejora de la calidad educativa. Quizá también deberíamos revisar el papel de las familias en los hábitos culturales y de convivencia, en la disciplina, en la regulación del ocio de los niños y adolescentes. Es cierto, como indican ciertos informes, que ha aumentado la violencia verbal y física en los centros escolares y en contra del profesorado. Es lo que denominados relaciones negativas con el profesorado. Se debería realizar un exhaustivo análisis de porqué pasa, dónde están los problemas[7] y qué soluciones podemos arbitrar. Y seguro que no está en el trato que realiza el profesorado en los centros.
Quizá el problema no esté en la cantidad, aunque un exceso de recortes no seguro que aportará ningún beneficio a la educación, como máximo y gracias al voluntarismo del profesorado seguirá igual, es decir, mal. Pero si hablamos de calidad, deberíamos revisar tantas cosas (las políticas públicas y sobre el profesorado) que deberíamos ponernos manos a la obra antes que el tiempo nos demuestre la dificultad de avanzar, o antes de quedar tan rezagados que repercuta en la convivencia social. Revisar las condiciones pedagógicas, los contenidos curriculares, la formación inicial y permanente, la forma de enseñar, los edificios inadecuados, las estructuras organizativas caducas, o sea todo ese andamiaje sistémico que es la educación quizá nos ayudaría a mejorar la calidad. Y establecer políticas y debates coherentes con la realidad del siglo XXI. Seguro que a eso se apuntaría la mayoría. La educación es cosa de todos.





[1] Realizado por el Instituto de Estadísticas de la UNESCO (UIS) bajo el título “Maestros y la calidad de la Educación: evaluación de las necesidades globales para el año 2015”. El informe apunta que serán necesarios 18 millones más de docentes en la próxima década para alcanzar el compromiso de que los niños crezcan alfabetizados, tal y como se postula en los Objetivos de Desarrollo del Milenio. El informe evalúa como la cantidad de profesores afecta a la calidad de la educación y explora vías para que los países en desarrollo mejoren el acceso universal a la educación primaria, uno de los principales Objetivos de Desarrollo del Milenio.

[2] Ministerio de Educación (2011) “Panorama de la educación”. Indicadores 2011. Septiembre. Madrid.
[3] Actualmente los titulados de 25 a 34 años en educación secundaria aún  son el 40 % de la población pero solo un 22% de los actuales estudiantes  han  completado la Educación secundaria. Y no podemos negar el aumento en educación infantil a partir de los 2-3 años.
[4] Por ejemplo la Comunidad de Madrid en julio de 2008 eliminó  23 centros de Formación del profesorado y creando una nueva red de Centros de Formación bajo mínimos, ver http://gestiondgmejora.educa.madrid.org, y  la Comunidad de Castilla-la Mancha ha eliminado 32 de los 33 centros de profesores.

[5] Datos en proceso de Informe sobre  Indicadores de la Profesión Docente  realizándose por el Observatorio Internacional de la Profesión Docente (www.ub.edu/OBIPD).
[6] En Europa, el 40% de los profesores presenta indicadores clínicos de estrés.
[7] Que no están únicamente en las relaciones el profesorado sino que son causa de los valores trabajados en la familia, los modelos sociales de algunos medios de comunicación, las normativas o burocracias que impiden encontrar soluciones colectivas.




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