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dimarts, 18 de setembre de 2012



Reforma ideológica
Un extracto de este artículo fue publicado en el diario El País el 16 de septiembre de 2012
El gobierno del Partido Popular presenta su anteproyecto de ley con el nombre de Ley orgánica para la mejora de la calidad educativa, en la línea de las propuestas que lanzó antes del verano. Aunque abrió una consulta vía WEB, no ha sido el debate socioeducativo que nos urgía, y en las conclusiones es fácil ver como el Ministerio lleva el agua a su molino. En los últimos 30 años España ha tenido tres grandes reformas, asociadas a tres leyes (LOGSE, LOCE y LOE), y cinco en los últimos 50 años. Por el contrario, los países que utilizamos como referencia por sus resultados académicos han mantenido sus grandes leyes, y se han limitado a reformar aspectos parciales de sus normativas y de sus prácticas. Si en España fuésemos capaces de consensuar una Ley, mediante un pacto político, social y educativo, no necesitaríamos dar estos golpes de timón con cada gobierno, bastarían reformas educativas parciales adecuadas al contexto y a los avances científicos y psicopedagógicos. La educación se asimila a ideología y las políticas educativas son políticas ideológicas, no sólo en los grandes temas (religión versus ciudadanía, etc.) sino en el currículum oculto (el determinismo social, el autoritarismo, la selección…). En realidad, más que reformas educativas son contrarreformas, hay que eliminar la herencia recibida no importa que haya sido un intento de innovación, y además se hace sin mostrar ninguna prueba de su no validez. Por supuesto, en el sector eso genera desconcierto, desilusión, resignación y grandes acopios de paciencia.
Esta reforma responde a un modelo ideológico: recentralización con menor competencia autonómica (que es una constante en todos los ámbitos), aceptar la educación diferenciada (para poder subvencionar a sus grupos de presión), eliminación de la educación de la ciudadanía y substitución por una asignatura más afín a su ideología, la evaluación como medición, la desconfianza en el profesorado, una menor participación de los padres y madres, segregación temprana en la ESO, eliminación progresiva de la comprensividad, movilidad forzosa del profesorado (con lo que cuesta cohesionar un equipo docente), etc. Este modelo defiende que el fracaso escolar se elimina con mano dura, pretende volver a lo básico (que consiste en mirar hacia atrás), considera la evaluación un instrumento de selección y no de mejora, quiere crear ciudadanos disciplinados que salgan bien en la foto PISA, persigue la empleabilidad y no se hace garante de una cultura y una educación para todos. Y todo ello se argumenta pero no se prueba, basta con pregonarlo.
Al gobierno de Aznar se le quedó en el tintero y éste no ha tardado ni un año en presentar su proyecto, puesto que considera el Sistema Educativo actual un foco de adoctrinamiento y causa de todos los males sociales. Sin consenso ni debate, con una consulta mínima y mediatizada, lo peor de este anteproyecto es que no construye la escuela del futuro, sino que recupera la mala escuela del pasado con alguna nueva idea interesante. A un gobierno se le pide que piense en el futuro y lo anticipe. Y éste no es el caso, por supuesto.

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