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dilluns, 13 de febrer de 2012


Contrarreforma educativa de Wert

Enrique Javier Díez Gutiérrez | PROFESOR DE LA ULE 13/02/2012
La reciente comparecencia del nuevo ministro de Educación, José Ignacio Wert, en la Comisión de Educación del Congreso nos ha dejado entrever las orientaciones ideológicas que van a marcar las contrarreformas educativas que propone. Destacan dos impresiones iniciales: la primera que ha entrado como elefante en cacharrería, con medidas precipitadas y sin tener en consideración a la comunidad educativa; y la segunda, que parece desconocer el terreno que pisa —bien es cierto, que viene de un entorno ajeno—, aunque sin embargo pontifica como si fuera experto en el tema. Algunas de sus frases paradigmáticas, durante su comparecencia, muestran claramente estos dos aspectos.
Afirmar que «el incremento de los recursos educativos lleva a un deterioro de los resultados» y que «incluso la literatura científica documenta numerosos casos de un efecto contrario» no sólo muestra que no ha debido leer —o al menos comprender— ninguna literatura científica sobre el tema, sino que es capaz de inventarse las más rotundas afirmaciones con todo desparpajo sin ningún tipo de empaque. El problema es que actualmente representa al Ministerio de Educación y no está ya en una tertulia radiofónica donde, como tertuliano, se puede permitir el lujo de hacer aseveraciones sin ningún fundamento en un intercambio de meras opiniones. La literatura científica muestra que la media de inversión de la UE se sitúa en el 5,5% del PIB, mientras que nosotros estamos en el 4,3% y que países como Finlandia, que aparece como paradigma de éxito escolar en los resultados de evaluaciones internacionales, es del 6%. Y todas las investigaciones internacionales muestran que hay correlación entre el nivel de inversión en educación y los resultados del sistema educativo.
Achacar el alto grado de fracaso y abandono escolar prematuro en Ceuta y Melilla a «la avalancha marroquí», que acude a beneficiarse de su educación gratuita, supone una no sólo una falsedad, pues el porcentaje de alumnado inmigrante en estas dos ciudades es inferior al de muchas comunidades autónomas, sino una concepción tan xenófoba que no es de extrañar que acabe siendo denunciado por asociaciones y ONGs por apología del racismo. Por supuesto parece absolutamente ajeno y desconocedor de la literatura científica sobre educación intercultural e inclusiva.
Concebir que «la educación de 0 a 3 años» no es educación, sino conciliación como ha dicho Wert «con toda franqueza», nos retrotrae a la época de las guarderías y a equiparar educación temprana con cuidado. Si tuviera más conocimientos en este campo sabría que ésta es una etapa educativa con identidad propia, cuya finalidad es contribuir al desarrollo físico, afectivo, social e intelectual de los menores y dar respuesta a sus necesidades educativas. Que además contribuye a atenuar, entre otras, las desventajas sociales, culturales y lingüísticas del alumnado que proviene de entornos desfavorecidos. De hecho, lo que sí afirma toda la literatura científica, es que la escolarización en edades tempranas es uno de los factores más determinantes para conseguir que los estudiantes alcancen mejores resultados.
Sorprende la desfachatez en sus afirmaciones, sin ningún fundamento, permitiéndose el lujo de aseverar que «en lo que la literatura científica es absolutamente coincidente es en que existe una correlación positiva entre la condición temprana de la elección del itinerario y el éxito escolar, la reducción del fracaso escolar». Esta aserción no responde de ninguna manera a la tan citada por él «literatura científica», sino que lo que revela es un posicionamiento ideológico previo que sirve para justificar la segregación temprana del alumnado recuperando los viejos «itinerarios», tan queridos y defendidos por el PP, utilizando la retórica de hacer «más flexible» la secundaria. Contrariamente, lo que afirma la literatura científica es que este modelo segregador supone abandonar la comprensividad de la educación obligatoria, separando al alumnado de ESO cuanto antes para que sólo algunos, los «excelentes» (quienes se han adaptado y asimilado al sistema), tengan éxito escolar y arroja a los «itinerarios basura» al alumnado con mayores dificultades, con la pretensión de que «no entorpezcan» a los «supuestamente excelentes». No se puede lograr la cohesión social separando al alumnado, cualquiera que sea el criterio, en las etapas obligatorias de la enseñanza, porque, como dice Gimeno Sacristán —éste Catedrático sí es un experto en la materia—, detrás de muchos argumentos a favor de la segregación y la elección, más que fervor liberalizador, lo que esconden los privilegiados es el rechazo a la mezcla social, a educar a los hijos con los que no son de la misma clase.
Todas estas medidas precipitadas, poco meditadas y erráticas parecen responder, no a planteamientos pedagógicos o mínimamente avalados por la comunidad científica internacional en este campo, sino a improvisaciones con la intención de mostrar a quien le nombró que está haciendo rápida y diligentemente los deberes. Pero las medidas que se proponen en un tema como es la educación de nuestras futuras generaciones deberían estar avaladas por algo más que las opiniones y las ocurrencias. Sería lo mínimo que se debería pedir a quien está dispuesto a asumir la responsabilidad del Ministerio de Educación de un Estado.
José Ignacio Wert, supuestamente «independiente políticamente» desde que abandonó su militancia en el Partido Demócrata Popular (PDP), se presentaba ahora como exponente del sector «liberal» y «moderado» del PP. Pero, en apenas unas semanas, ha pasado a convertirse en una de las principales y más visibles puntas de lanza de la contrarreforma ideológica puesta en marcha por el Gobierno del PP. Parece más bien que con sus sucesivos dislates, justificando por ejemplo la desaparición de la asignatura de Educación para la Ciudadanía con falsedades, al presentar como un manual de dicha materia un libro que no tenía esa condición, lo que pretende es extender una cortina de humo para distraer la atención principal de la ciudadanía, centrada en la preocupación creciente por la gravedad de la crisis económica y el disparado aumento del paro.

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